Veraneo en el pueblo de mis padres. Digo pueblo cuando debería llamarlo aldea, con apenas sesenta vecinos habitándolo durante todo el año, una iglesia, dos bares y un consultorio médico como edificios públicos. Intento reservar cada año una semana de mis vacaciones para evadirme en este rincón leonés tan coqueto donde olvido el reloj, las rutinas e incluso el móvil. Un lugar sin prisas, donde el tiempo que se tarda en llegar a un lugar lo determina el número de “parladas” que uno se echa con los vecinos que le van saliendo al paso. Cambio de aires, cura de estrés urbano, renovación del espíritu y degustación de recuerdos son actividades de ocio que solamente un rincón así permite practicar. Privilegios bien pensado, y además gratuitos. Sorprende que un lugar tan pequeño, tan carente de esos edificios que a diario nos empeñamos en tener cerca de casa, pueda dar tanto. A veces la ausencia de todo puede provocar en nuestros sentidos el mayor de los placeres. Ausencia de ruido, silencio. Ausencia de movimiento, quietud. Ausencia de personas, intimidad. Uno decide evadirse y rodearse de un ambiente diferente, donde predominan las ausencias de lo cotidiano. Donde las paredes son de piedra y los techos de pizarra negra. Donde el panadero y el frutero venden desde una furgoneta. Donde el medio más rápido para desplazarse es la bicicleta. Lo curioso es que, aunque uno crea que se encuentra en un lugar donde el tiempo apenas altera las cosas, donde te invade ese pensamiento ingenuo de creer disfrutar de un rincón anclado en el pasado, nada es para siempre y todo evoluciona. Y así descubres que los niños de ahora son reprendidos por robar el wiffi de un vecino cuando en mi niñez los insultos nos llegaban por robarle las ciruelas.
No sé mirar sin más. Soy analítica hasta el aburrimiento. Cualquier hecho cotidiano o recuerdo del pasado me da mucho para pensar. Se me acumulan los trastos, así que bienvenidos a mi particular sala de autopsias.
domingo, 21 de agosto de 2011
viernes, 15 de julio de 2011
Gente de palabra
Tengo la profunda impresión de que el paso de los años ha convertido al hombre moderno en un ser desconfiado. El cúmulo de malas experiencias, jugarretas o traiciones, sufridas por uno mismo o conocidas a través de vivencias ajenas, ha hecho mella en nuestras conciencias sembrando desconfianza. Una desconfianza cuya utilidad no es otra que desarrollar nuestra capacidad para prevenir hechos similares.
Esta consecuencia, la prevención, sumada a necesidades de registro de datos, legitimación y organización de los mismos para la eficacia de nuestras gestiones cotidianas, ha provocado que vivamos rodeados de contratos, tiques, facturas y documentos similares. Papeleo por doquier. Y en estos momentos, las personas somos a los papeles como los papeles son a las personas, es decir, sin papeles de por medio somos seres sin identidad, sin origen, sin propiedades, sin posibilidad de legitimar transacciones o acceder a un servicio, sin credibilidad frente a una ventanilla o sin orden en una sala de espera. Las palabras han de estar por escrito y su valor reside sobre el papel, esto es algo que hemos aprendido y adoptado en nuestro modo de vida. ¿Por qué entonces confiar en la palabra en su modo más simple?
Sellar un contrato de palabra y con un fuerte apretón de manos puede resultar en este momento un método rudimentario, tosco y primitivo, endeble, insostenible. Pero hubo un periodo de nuestra existencia en que la palabra conservaba todo su valor. Un tiempo en el que la palabra sellaba acuerdos, forjaba alianzas, dictaba justicia e incluso unía la vida de dos personas. Era tal su valor que quien la daba, entregaba un trozo de sí mismo, entregaba su honor y el de los suyos, su vida y hasta su alma. Y un “te doy mi palabra”, se convertía en una firma de trazo invisible que se escribía al mismo tiempo sobre el corazón de su emisor y sobre los de sus destinatarios. El hombre era su palabra, el hombre valía su palabra. Si un hombre quería tener algún valor, entonces tenía que hacer valer su palabra. Y el valor de la palabra significaba confianza, honestidad y respeto.
Quizá peco de nostálgica y soñadora, pero sigo creyendo en el valor de las palabras. Sé que no puedo descambiar una prenda, en la que por sorpresa encuentro una tara, utilizando tan sólo la palabra, pero mis sensores internos me obligan a desconfiar del valor de una persona que falta a la suya. Me gusta la gente de palabra, me gusta confiar en las personas y poder confiar en su palabra. Ya son infinitas las que vacías y huecas revolotean cada día a nuestro alrededor, palabras devaluadas por comodidad o por picaresca, por maldad o por pereza, por envidia o por flaqueza. Si las palabras más cercanas a nosotros empiezan a carecer de valor, ¿qué valor tienen quienes nos rodean?
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Comportamiento humano,
Crítica
miércoles, 8 de junio de 2011
Café a media mañana
"Le repito que no sé qué ha pasado. Por el amor de Dios, si yo sólo pretendía tomarme mi café. ¿Qué hay de malo en querer tomarse un café a media mañana? Hay cuerpos que necesitan despertarse dos veces al día, una cuando suena el despertador y otra con el café a la hora del almuerzo. A mí no me vale con levantarme de la cama, abrir el grifo del lavabo y lavarme la cara con agua fría. No señor, eso es la mitad de mi puesta a punto. Con eso y una magdalena funciono hasta que llego a la oficina, saludo puerta por puerta y me pongo al día con las noticias. Para centrarme con los archivadores necesito ese café, a las diez y media, de lo contrario me pesa el trabajo. Pensar en lo que se me viene encima para el resto del día, y casi sin fuerzas, me produce una horrible sensación de mareo. No señor, una tiene que estar bien espabilada para rendir en su trabajo. Que yo no soy de esas que viven cómodamente a costa de sus impuestos, con el relax de una plaza para toda la vida. Que yo sé muy bien quien me paga y para quien trabajo, y me esfuerzo, vaya que sí, no lo dude, pero tengo que estar bien despierta y, claro, ya le digo qué es lo que necesito. ¿Ve estos brazos? Mire, mire. Toque hombre. Mire qué duros. Estos son brazos de mover los dichosos archivadores. En mi trabajo se necesita energía y eso me lo da el café. El café bien caliente y humeante de las diez y media, porque tiene que estar bien caliente para reconfortar el cuerpo como es debido. Y con eso ya puedo funcionar y estar moviendo archivadores toda la mañana. Paco, el conserje, siempre me dice que soy la mujer más enérgica que conoce, un auténtico vendaval. Me adula más de la cuenta, ¿sabe? Dice esas y otras muchas cosas porque estoy segura de que siente algo por mí aunque parece que no se atreve a cortejarme, a mí no me gusta para nada, ya ve, bajito y con poco pelo, pero lo que dice sobre mi energía es tal y como se lo cuento. Es algo que sorprende a todo el mundo dada la edad que tengo, son muchos años poniéndole ganas a las tareas y siempre con la ayuda del café. Ya ve usted, casi treinta y cinco años, treinta y cuatro para ser exacta, acudiendo puntualmente a mis obligaciones y tomando mi café a media mañana en la misma cafetería. Y no entiendo a qué viene tanto alboroto por una taza rota. Esto…, Comisario, me dijo, ¿verdad?, pues como le decía, señor Comisario, que yo ya debería estar con mis archivadores en la oficina y no aquí perdiendo el tiempo porque le repito que no sé qué ha pasado. No tengo ni idea de porqué esa señorita se ha empeñado hoy en ponerme el café frío. Ya sé que es nueva y que tendrá que aprender a hacer correctamente su trabajo como todos los demás, pero es que la diferencia entre frío y caliente ya se nos enseña en el colegio. Y caliente es caliente, no templado, ni tirando a caliente que es lo mismo que decir frío. En la escuela el maestro le hubiera dado un buen capirotazo ante tanta ignorancia, por lo tanto, que yo le haya dado con la taza en la cabeza no es algo muy distinto. Y sangre, lo que se dice sangre tampoco he visto, porque yo he dejado el euro con cuarenta del café en la barra como todos los días y me he vuelto a mis obligaciones. Y le digo por cuarta vez que no entiendo dónde está el problema."
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Relato
jueves, 19 de mayo de 2011
La Indignación como enfermedad social
Emocionadamente preocupada. Ese es mi estado. Asisto con los ojos como platos a un fenómeno, el llamado 15-M, que pone de manifiesto una nueva enfermedad social de la que, el pasado 18 de Abril en este blog, ya os describía sus síntomas. Descontento con los partidos y con sus líderes. Impopularidad de la política entre los jóvenes cimientos sociales. Mentes mediocres que palabrean sin sentido, con el único fin de llenarse los bolsillos sin sudar demasiado la camisa. Y sobre todo indignación.
A la deriva. Mientras los líderes políticos se desgastan la sesera buscando los puntos flacos de sus rivales, para utilizarlos como puñales públicamente en el Congreso o en un plató de televisión. Mientras los partidos lavan sus trapos sucios en los juzgados y rebuscan en el cubo del vecino algo que se parezca a sus propios deshechos con el fin de equiparar culpas. Mientras elaboran los presupuestos de sus campañas y debaten con sus agencias de publicidad qué tipo de ropa conectará mejor con el ciudadano. Mientras saturan su calendario de actos públicos e inauguraciones exprés en edificios cubiertos de andamios, para no dejar pasar la oportunidad de apuntarse unos tantos antes de las elecciones. Mientras tanto, la gente de mente inquieta, las conciencias despiertas, los consumidores de la sociedad de bienestar inconformistas, se preguntan indignados ¿por qué no se dedican a trabajar por el ciudadano?
Olvidados. La clase política vive en su atmósfera presurizada ajena al pueblo, centrada en la prensa, en los efectos mediáticos de sus apariciones públicas. Conviene saber si en último mitin se agitaron correcta y sincronizadamente las banderas, si la foto con el niño o la anciana de turno aparece en portada. Entretanto, el espíritu de los que se incorporan a la vida real, la nueva plantilla de emancipados, se desgasta. Se diluye. ¿Quiénes son estos personajes azules, rojos y verdes, y qué hacen por nosotros? ¿Y si en realidad nos sentimos naranjas, morados o negros?
Indignados. Hessel nos inspira, aunque se diga que leer no está de moda. Buscamos más allá de nuestras fronteras para encontrar consuelo ante la enfermedad de la indignación y oímos voces que conectan con nuestro pensamiento. Y para sorpresa de los seres distraídos, zombies sociales, los enfermos se comunican, se agrupan y salen a la calle para exigir con determinación una cura. Nuestro sistema sanitario está obsoleto, no funciona. La gente está cansada de acudir a la consulta para salir siempre con la misma receta, cansada de ser tratada como un número en las listas de espera, cansada de tener que elegir un médico entre una plantilla de incompetentes. Queremos un cambio en la gestión, en los métodos y en la selección del personal en cuyas manos ponemos nuestras vidas.
Porque, ante todo, creemos en la Medicina.
miércoles, 11 de mayo de 2011
Jóvenes promesas
“¡Ey, chicas! ¿Os echamos una carrerita?”. Hace una tarde de abril estupenda y circulo en mi bicicleta por el Parque Europa en ropa de deporte. A dos metros, por delante de mí, una pareja de chicas con sus bicicletas de montaña también ha pensado disfrutar del sol. Van perfectamente equipadas y parece que planean sudar la tarde. Giro la cabeza hacia el origen del grito y lo que observo me desconcierta. Una pareja de jóvenes policías locales, apostados con sus motos en el borde del camino, nos observa bajo sus gafas de sol y de brazos cruzados. Miro rápidamente a las dos muchachas, no devuelven el saludo y parecen igualmente sorprendidas, descolocadas. Pasamos de largo y allí se quedan aquellos dos, con aire chulesco, comentando el momento y descansando plácidamente sobre sus scooteres.
Continúo mi paseo con el tono de la frase rebotando de un lado a otro dentro de mi cabeza. No tenía ningún contenido ofensivo pero me ha resultado molesto. Molesto por encontrarme dos personas uniformadas en su turno de trabajo, representantes del orden y de la seguridad ciudadana, al buscar al autor del comentario. Decepcionante. No es la primera vez que la actitud de la policía local me decepciona. Hoy ha sido en Torrejón de Ardoz, hace unos meses fue en Valdemoro. Me disponía a cruzar un paso de peatones cuando un coche patrulla con dos policías locales veinteañeros, ventanillas bajadas y música disco escapándose al exterior, se detuvo bruscamente para permitirme el paso. Ambos con gafas de sol, pelo de punta engominado y el conductor con el brazo izquierdo apoyado en el marco del cristal al tiempo que conduce. Sólo le falta un porro, recuerdo que pensé. Y es que he observado, durante los dos últimos años, que en Valdemoro ser policía local no les impide a la mayoría de los recién llegados al cuerpo lucir una actitud de gallito discotequero en el desarrollo de sus funciones. Ya sea regulando el tráfico en hora punta, sin quitarse las gafas del sol aunque el día esté nublado, o patrullando en coche por el pueblo como si se tratara de dos amigos que hubieran salido con el BMW de papá un sábado noche “a pillar cacho”. ¿Quién le puede tener respeto a este tipo de elementos? Yo se lo estoy perdiendo. Reconozco que en algún encuentro más de este tipo, con miradas insinuantes añadidas, me he sentido tentada a dedicarles un gesto de “métete este dedo por el culo”, como si de un par de niñatos poligoneros se tratase, teniendo finalmente que contar hasta tres para relajarme, recordar qué representan y aceptar que visten un uniforme que me veo obligada a respetar.
Terminé el paseo con mal sabor de boca. Me vino a la memoria el concursante de un programa de televisión, tatuado de muñecas hacia arriba, basto y con acento barriobajero que alardeaba ser policía local de Coslada. No podía dejar de repetirme: falta algún test en las pruebas de acceso que se les escapa.
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Crítica
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