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miércoles, 14 de noviembre de 2012

Los verduleros de Colón


Hacía tiempo que no escuchaba el discurso de un sindicalista y los de cuatro de hoy me han impresionado. He sido testigo del fin de fiesta en Madrid de la Huelga General en este 14-N, respetando la nomenclatura de moda, escuchando a los que en el escenario de la plaza de Colón decían tener algo que decir. Y mi sensación fue que no dijeron nada.
Hablar, hablaron. De sus bocas salían palabras y de los micros, sonidos, pero en esencia fue como comerse un pastel al que alguien olvidó añadir azúcar. Asistí esperando oír algo motivador, pero no hubo sorpresa, explosión de sabor, deleite para el paladar, regusto a delicatesen,…Tan sólo hubo más de lo mismo y lo trágico de la situación es que, más de lo mismo, hoy ya no sirve. La situación que vivimos es tan extraña e insólita que se echan de menos discursos innovadores, propuestas y métodos que vayan más allá de lo ya conocido en la era sindical. Por contra, tuve la sensación de toparme con un grupo de verduleros de mercadillo que leían mecánicamente discursos fáciles, oxidados y manidos. Discursos que bien podrían ser los de hace cinco, diez o quince años, atemporales, como el sermón del párroco de iglesia o el discurso de Navidad del Rey. Las mismas caras, los mismos gestos. En definitiva, más de lo mismo. Creo que los tiempos que vivimos nos obligan a reinventarnos, a aplicar el I+D+I que tan bien funciona en los procesos industriales para avanzar un poco más, para salirse de esta cultura rancia sindical que nos está tocando padecer. Depurar sus filas y realizar un lavado de cara a esta valiosa herramienta de los no empresarios de España, por el bien de todos. Hace falta renovarse innovando, y pongo un ejemplo: evitar que el vago de turno se convierta en el próximo enlace sindical apostando por figuras rotativas, al estilo presidente de la comunidad de vecinos o delegado de la clase, de tal manera que la representación de los trabajadores fuera una tarea de todos.
Sea la mía válida o no, lo importante es que las ideas innovadoras llevan a quien las esgrime a la cabeza de la evolución y si no se evoluciona, se corre el peligro de quedarse obsoleto como le está ocurriendo al abanico de grupos sindicales que se mueve sin tener en cuenta la dirección en la que hoy, 14-N, sopla el viento.

jueves, 12 de julio de 2012

Mariano, ese diestro

Ayer fue un día fatídico para todos aquellos a los que cien euros menos a final de mes suponen un gran sacrificio. El Gobierno hizo público un nuevo plan de medidas mutiladoras de la economía doméstica, que parece ser la única fuente de recaudación en este país. Las piernas nos temblaban a medida que Rajoy avanzaba en la lectura de sus documentos y el Salón de Sesiones del Congreso adquiría nuevos matices hermanándose con Pamplona en la celebración de San Fermín.

En un momento serio, doloroso y delicado para las familias y los empresarios, la sala noble del Congreso se convirtió para el grupo mayoritario en la Monumental de Las Ventas, rindiendo expectación a un Mariano torero que, ejecutando sus mejores recortes, levantaba ovaciones entre los suyos. Mutilación tras mutilación sobre la piel de toro de España, la euforia en el graderío crecía entre vítores, aplausos y jaleos, destacando entre ellos un “¡¡A trabajar!!” dedicado al público en paro, funcionariado y liberados sindicales. Al terminar la faena, el diestro recibió a una plaza entregada que puesta en pie, se deshacía en aplausos premiando su histórica actuación. Tan sólo unos pocos permanecían sentados asistiendo estupefactos a la ceremonia de alternativa que el Presidente y los suyos habían decidido celebrar sin previo aviso, haciendo de lo serio y trascendental un espectáculo para el agrado de Bruselas una vez más.
 
Pero lejos de ser el diestro quien abandonara el Hemiciclo por la puerta grande, fue su cuadrilla al completo la que, sin esperar a que concluyera tan decisiva jornada, abandonó el coso en dirección a la cafetería dejando allí plantados al resto de grupos parlamentarios, a sus representantes con la palabra en la boca y a los ciudadanos como yo con la sensación de que quienes más ejemplo deben dar en esta desastrosa situación, practican la prepotencia y el absentismo laboral de manera pública y con total impunidad.

Así lo ilustra Patlos calvitos.com

domingo, 1 de julio de 2012

Extinguiendo la clase media

Ver un informativo en los tiempos que corren supone practicar un deporte de riesgo. Es para echarle valor, un corazón poco preparado podría paralizarse en segundos tan sólo escuchando el resumen inicial de cualquiera de ellos. Sobresalto, tras sobresalto. Lo que es una mala noticia hoy, no resulta tan negativa comparada con la que se anuncia al día siguiente, dos veces más trágica. Hay quien ya ha sustituido los lacrimógenos dramas románticos de Hollywood por los informativos de las nueve cuando añora llorar a moco tendido buscando liberar tensiones. Pero, por muy duro que sea, hay que arremangarse la camisa, sentarse frente al televisor y tomar el pulso de la actualidad con coraje e inteligencia. Tenemos que conocer a qué nos enfrentamos, aunque duela, pero además saber leer entre líneas lo que a medias tintas nos cuentan.
Rescates que no se llaman rescates, subidas de impuestos que no subían, deudas territoriales que no lo eran, créditos que empobrecen, amnistía para el que evade sus obligaciones con Hacienda. Resulta complicado entender la situación en la que estamos tal y como se explican aquellos que nos representan. Nos obligan a recordar aquellas lecciones de literatura, en los años del bachillerato, donde se nos enseñaba lo que eran los eufemismos, las hipérboles, las metáforas y los símiles o comparaciones, ya que si de algo puede presumir nuestra clase política es del excelente uso de los recursos estilísticos en sus comparecencias a fin de demostrar la riqueza y polivalencia del castellano, y con un donde dije digo, digo Diego, dejarnos a todos con la boca abierta.  
Yo, que siempre intento estar al día, he echado mano de mis apuntes y me he puesto manos a la obra para descifrar esta Piedra de Rosetta que el Gobierno nos está tallando. Aunque la conclusión de mis observaciones no es nada alentadora. Tras un minucioso estudio, todo apunta a la existencia de un entramado de medidas diseñadas para acabar con la clase media. Una clase media que, a pesar de su tierna edad, ya escalaba posiciones sociales a costa del esfuerzo económico, los logros personales y la excelencia académica de muchos de sus miembros. Sin embargo, lo que parecían pequeñas fisuras en la pirámide se están convirtiendo en profundas grietas a golpe de decreto y bajo el temporal desatado, el campo base no deja de poblarse ante la imposibilidad de resistir y no digamos continuar ascendiendo. Los motivos que han impulsado esta estrategia no están suficientemente claros, pero si la salud de un país se evalúa en función de la salud de su clase media, el nuestro hace tiempo que se dirige en camilla hacia la Unidad de Cuidados Intensivos.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Obsolescencia programada, y quizá consentida

Estreno móvil nuevo, a mis ojos así parece. Para cualquier otro, mi móvil sería viejo contando tan sólo con tres años de vida. Es un Nokia que siempre ha funcionado bien y cuyos únicos desperfectos, varias grietas en la carcasa producto de torpes caídas, han sido solucionados fácilmente comprando una nueva. Tengo un móvil nuevo por sólo ocho euros pero esta solución, aparentemente práctica y sensata, ha sufrido y todavía sufre permanentes críticas.

Mucha gente me recomendaba conseguir otro a base de llamadas de ida y vuelta entre compañías telefónicas para negociar, renegociar e incluso amenazar al operador de turno. Este es mi tercer teléfono desde que en el año 2000 mis padres pusieron uno en mis manos. Puedo recordar que de los tres, es el primero con pantalla a color y sonidos polifónicos, y todos me han servido perfectamente durante estos doce años. Es cierto que los teléfonos que me recomiendan mis allegados son de ultimísima generación, pero los encuentro demasiado grandes, la duración de su batería insuficiente y los avisos wassup, verdaderamente molestos.  La realidad es que no necesito uno nuevo mientras el actual no me mande a paseo. Lo ocurrido con mi teléfono podría resultar un suceso aislado, otra cabezonada mía que narrar pero recientemente he tenido el placer, grandísimo placer, de ver el documental “Obsolescencia programada” y mi experiencia se ha convertido en un ejemplo más de este concepto.

Influenciados por las filosofías que impulsan el crecimiento de las economías y por las técnicas de marketing, tratamos continuamente de adquirir algo un poco más nuevo, un poco mejor y un poco antes de necesitarlo, alimentando así un sistema económico mundial que busca crecer por crecer indefinidamente. Un sistema que fabrica para que las cosas sean reemplazadas constantemente o incluso desechables, un sistema que pone fecha de caducidad intencionadamente sobre nuestros productos buscando que su obsolescencia nos obligue a adquirir otros nuevos. Bombillas que se funden antes de lo esperado, impresoras averiadas en pocos años, baterías de dispositivos electrónicos irremplazables, teléfonos móviles que fallecen en el primer golpe o que no paran de evolucionar año a año, son sólo algunos de los síntomas de la Obsolescencia Programada, una estrategia de consumo motor de un sistema que nos hace creer que adquirir productos nos proporciona felicidad, pero si esto fuera cierto ya deberíamos ser absolutamente felices.

Documental:

lunes, 30 de abril de 2012

El bofetón de Europa

Nos han dado fuerte y todavía nos duele. Amarga medicina, de las pocas capaces de hacernos despertar del sueño de querer ser lo que no somos, de querer vivir como no podemos permitirnos, de querer aspirar a una categoría que no nos merecemos. El proyecto europeo quería convertir en micro-potencias económicas a todos los países vecinos, pero una cosa es querer y otra poder. Nos vendieron una nueva moneda como pasaporte infalible hacia los estratos superiores de la economía mundial, la zona VIP del primer mundo, y nos lo creímos. Pero, ¿quién diría ahora que en España dio resultado? No soy una experta en materias económicas, pero como consumidora de esa moneda me siento estafada y considero que la publicidad engañosa liderada por Centroeuropa nos ha metido en un buen lío.

Quizá las directrices pensadas para este proyecto tenían bases sólidas y fundamentadas, pero nadie pareció tener en cuenta que no todos éramos Alemania. España, el país de la mano de obra barata para las multinacionales francesas y germanas, con una economía basada en el carbón, los productos de alimentación, los textiles y el turismo, no era un aspirante preparado para sumarse a los grandes. Un país cuyo principal escollo no era su estructura económica sino su mentalidad. El país donde somos lo que tenemos y no lo que pensamos, el país del “Ande yo caliente, ríase la gente”, el país donde el 90% de la población sueña con un puesto de funcionario y acumular más “moscosos” en el calendario laboral que el vecino, no era un país preparado para el cambio. Gestionar con la excelencia requerida los procesos que habrían de llevarnos junto a la élite era una tarea que exigía unas cualidades tales como inteligencia, esfuerzo, amplitud de miras, eficiencia y constancia que nuestra clase política, bebiendo de la misma mentalidad, nunca ha sabido demostrar. Una clase política vendida a los pactos con determinadas minorías y autonomías, vendida al trabajo fácil, vendida al gasto que proporcione votos, vendida a los intereses de los bancos, vendida al beneficio personal de ocupar un cargo y no al bienestar de un país. Una clase política que decidió cursar la carrera europea para después no asistir a clase y que ahora nos hace responsables de su amplia cosecha de suspensos.
Europa se nos atraganta cada vez más y la situación actual me lleva a pensar que sólo nos ha servido a los españoles para familiarizarnos con la palabra subvención y para viajar allí donde la peseta no nos dejaba llegar. Confío en que terminemos aprendiendo de las lecciones que da la vida, la de ahora “El éxito sólo está al alcance de unos pocos y, con contadas excepciones, para quien lo trabaja”, y que antes de volver a lanzarnos a la captura de un sueño pensemos seriamente si tenemos la mentalidad apropiada para acometerlo y aptitudes para conseguirlo.

lunes, 16 de abril de 2012

Guinea no entiende al Pocero

El constructor Francisco Hernando Contreras, popularmente conocido como “El Pocero”, vive una vida de cuento y no es una frase hecha. Salido de la nada, sin estudios ni formación, protagonizó primero “Jack y las judías mágicas” al comienzo de los años dorados del ladrillo en España. Poco después encarnaría al mismísimo “Rey Midas” en plena dilatación de la burbuja inmobiliaria. Por último, y curiosamente, se vestiría de joven aldeana para producir y  protagonizar no una, sino dos versiones distintas del cuento de la lechera. Una versión española, ambientada en  Seseña, en la provincia de Toledo, durante los últimos coletazos del sueño inmobiliario; y la otra africana, en Guinea Ecuatorial, persiguiendo, ávido de fama, el reconocimiento de su talento a nivel internacional.

Talento que los críticos guineanos no han sabido reconocer y es que, pese a cuatro largos años de rodaje, el trabajo realizado por el ilusionado Francisco, Paco “El Pocero”, no ha calado hondo en sus corazones. Tachado de “poco serio”, su proyecto sobrepasaba los límites de audiencia y el entendimiento de las autoridades que no han tenido pelos en la lengua a la hora de definir como “fantasma” el largometraje.
El equipo y el propio Paco, todavía se preguntan cómo pueden ser tan decisivos los aspectos culturales a la hora de promocionar un proyecto de este tipo y es que, mientras que en España  se les tendió una alfombra roja bajo sus pies, en Guinea Ecuatorial les han hecho morder el polvo. Esto último ha provocado que circulen serias críticas acerca del poco criterio que existe en nuestro país a la hora de conceder sin más el visto bueno a este tipo de proyectos, inviables desde un punto de vista práctico y funcional, y que muchos hayan empezado a asumir que Guinea Ecuatorial nos ha dado una lección a los españoles. Mientras tanto, no se puede  asegurar con certeza que Paco planee apearse del burro, ya que quienes le han visto todavía sobre él, apuntan a una posible secuela del Quijote llamada “El no menos ingenioso escudero Sancho Panza”, cuya trama giraría en torno al sueño de la sobreurbanización de la Ínsula de Barataria.  

Más detalles en:

domingo, 4 de marzo de 2012

Lágrimas en Maqueda

Sentada sobre una vieja chaqueta y con la espalda apoyada contra una pared, quince minutos antes nos había preguntado educadamente la hora. Quince fueron tan solo los minutos que había durado en mi cabeza su imagen de apacible y despreocupada lugareña disfrutando una tarde de sol. Al volver sobre nuestros pasos, y tras la segunda pregunta: “¿De dónde son ustedes?”, la soledad que la invadía encontró una inesperada vía de escape que no dudó en aprovechar. Cuánto tiempo llevarían rebotando sus palabras sobre sordos oídos para que un par de frases de inocente conversación, con unos completos desconocidos, la llevaran a desahogarse de tal manera.
Inocentes también nosotros por creer que una mujer de setenta años descansando al sol en las calles de su pueblo representa una imagen bucólica de inocente y envidiable felicidad. Nosotros los de ciudad, que nos hacemos dueños de los grandes problemas de la sociedad en que vivimos, nos olvidamos muchas veces de esa frase que dice “la procesión va por dentro”, y es que aquella mujer, con sus desgastadas zapatillas sin cordones, su falda descolorida y su deshilachada chaqueta de lana, era un pozo de amargura. Había pasado la noche sin luz, nos dijo, y ninguno de sus hijos se había acercado para encontrar la causa. A la mañana siguiente, tampoco la habían llamado para preguntar cómo se las había arreglado. Siempre estaba sola y olvidada, siete partos y años de dedicación a los suyos pero tenía que coger “la rápida” si necesitaba desplazarse a Talavera a ver al especialista. “Los que viven cerca están al paro y yo, con mi pequeña pensión, no tengo nada que ofrecerles. Por eso no me vienen a ver. No me traen a mi nieto tampoco. No tengo a nadie que me acompañe al médico”. Las lágrimas rodaban por su cara mientras yo me preguntaba si aún pensaría que los hijos son un regalo. Al mismo tiempo, me venía a la cabeza la reciente denuncia impuesta contra unos padres andaluces por prohibir a su hija adolescente salir de casa durante un fin de semana. A los padres se les presuponen unas obligaciones para con sus hijos, y la mayoría se adquieren por amor y vínculos de sangre para toda la vida, pero ¿qué hay de las obligaciones de los hijos para con sus padres?, ¿están quedando exentos de corresponderles?
Con frecuencia me pregunto si debería ser madre, si me veré con fuerzas para afrontar ese proyecto en unos años. Me inquieta pensar que mis logros profesionales dependan de ello, pero me aterra la perspectiva de concebir a una criatura capaz de sumirme en una mezcla de amargura y decepción como la de esos padres, o la de esa mujer que llora ante mí. Una mujer sumida en la soledad y en la miseria, una madre que muestra síntomas de haber empezado a cavar su propia tumba en el camposanto de la locura. Ese ha sido su regalo, dedicación y sacrificio a cambio de recibir en sus carnes el egoísmo que impera en esta sociedad nuestra. ¿Es eso lo que me espera?
Preocupados por su angustia y el desarrollo de la conversación, y sin apenas argumentos para consolarla, conseguimos arrancarle una sonrisa al decirla que no se preocupara demasiado por arreglarse el pelo para su visita al médico, que estaba guapa de sobra a pesar de los años. Y con un “La que tuvo, retuvo”, la dejamos como una adolescente maravillada ante su primer piropo. Su tristeza perduraría pero al menos esa noche tendría un pensamiento alegre que llevarse a la cama.

viernes, 17 de febrero de 2012

Al mal tiempo, buena cara

Se me pasa por la mente una de esas frases sin pies ni cabeza: Al mal tiempo, buena cara. ¿Quién me puede explicar esto? Dicen que buena parte de la sabiduría popular se resume en nuestro refranero español, pero creo que dicho refranero debería revisarse de cuando en cuando para no caer en la inercia de aceptar sin más todo lo que oímos.

Si yo le dijera, con la mejor de mis intenciones, a cualquiera de las personas que hace cola a las seis de la mañana en las oficinas del INEM: “Oiga, al mal tiempo buena cara”, sin duda me partiría la mía. Y no creo que sea un problema de cultura o de contexto, sufrimos muy malos tiempos, sencillamente todo apunta al sinsentido de la frase. Afronte con buen ánimo las adversidades de la vida, viene a decir educadamente. Y yo me pregunto, ¿por qué? Tener optimismo es algo positivo, sin duda, pero no obligatorio. No se puede pretender que todo el mundo acepte las cosas de la misma manera. Como sugerencia podría entenderse, pero si la sugerencia pasa a formar parte de una colección histórica de frases con sentido educativo, a modo de mandamientos, entonces su significado se transforma en: Acepte sin protestar los reveses de la vida. Y esto molesta.
Resignación. Ignorancia y sumisión. Eso suena a vieja escuela católica, poner la otra mejilla. No se puede predicar la resignación y menos en los tiempos que corren. No estamos en un buen momento para utilizar este refrán, debemos ser prudentes y no recitarlo a menos que tengamos en cuenta su ambigüedad y gocemos de cierto sentido de la ironía. Entonces podríamos dirigirnos a personajes como Urdangarín y dedicarles, dentro de su contexto, un bien empleado: “Al mal tiempo, buena cara”.

lunes, 6 de febrero de 2012

No traje traje

Qué buena cara tiene España, hay que reconocerlo, brilla, resplandece, goza de buen color y de buena salud. Se aprecia en los medios.  No hay día que no encontremos una noticia reflejándolo. Vaya cara bonita, vaya lindísima caradura la de nuestros paisanos que no necesita ni un solo retoque de botox para lucir más bella.

Y como todo lo que tiene que ver con el aspecto de las cosas, despierta admiración y cierta envidia. Nos preguntamos continuamente cuál es el secreto de su éxito, ¿cómo lo harán? . El calvo consiguiendo trajes gratis, el rubio haciendo que trabaja pero cobrando como si se dejara los riñones y el club de la correa creando su magnífico fondo billonario de pensiones a corto plazo. Esto que nosotros sepamos, porque si supiéramos con más exactitud las características de sus logros, nos retorceríamos aún más por la envidia. Éxito rotundo, sin tacha y por si hubiera dudas, analizado punto por punto en los tribunales para garantizarlo, por si alguno osara desconfiar de su legitimidad.
Tanta publicidad y respaldo reciben que siento que el Gobierno quiere enseñar a los cinco millones de parados, a los que falta por sumar un millón de desempleados recibiendo formación para el empleo, cuál es el perfil de un triunfador respetable para que tomemos ejemplo. El problema es que entre las extensas ramas del frondosísimo árbol académico que nos hace sombra es muy complicado encontrar el Máster Excelentísimamente Homologado que se han hecho estos señores y así ponernos a su altura. Descartamos, eso sí, la rama de Derecho porque sólo ver cómo le han puesto las orejas de burro a Garzón queda claro que por ahí no es, pero deberían ser más concretos porque a golpe de indirectas no lo vamos a conseguir y el bienintencionado de Rajoy no logrará sacarnos del bache.


Extracto del juicio a Francisco Camps:

Juez: “¿Usted no nada nada?”  
Camps: “No traje traje”

martes, 24 de enero de 2012

Un mosso latino en CSI Nueva York

La séptima temporada de la serie CSI Nueva York languidece y los guionistas flojean. En su último brainstorming, algún inspirado de flequillo a medio lado y gafas de pasta que decidió darse una vuelta por Barcelona durante sus vacaciones, planteó a los productores hacer referencia en el capítulo 12 a la exótica policía con la que allí se topó. Un toquecillo cultural para salir del pozo seco. Y entre exclamaciones de “Cool!” y “Brilliant!” se pusieron manos a la obra: que la glamurosa policía neoyorquina trabaje codo con codo con la variopinta policía española.

Como intento de originalidad podría alcanzar un notable, pero estos norteamericanos suspenden una vez más en el trabajo de documentación. No supone ningún problema gastarse el presupuesto en diseño de interiores, vestuario y vehículos. América funciona a lo grande y la serie CSI se convierte en un escaparate de lujo, belleza y poder. El espectador nunca perdonará que la policía de Miami no se desplace en los ostentosos Hummer, pero si les colamos tres cubanos que se hagan pasar por españoles ni lo notarán, tiempo y dinero que nos ahorramos. Y ahí nos colocan a un Héctor Vargas haciendo de mosso d’escuadra desplazado para investigar la muerte de su sobrino, a un Miguel Martínez haciendo de víctima y a su novia, Natalia Sánchez, haciendo gala de los mismos rasgos latinos que los anteriores. ¿Cómo no van a señalar Méjico en el mapa cada vez que se les pregunta por España? ¿Qué más da cubanos, mejicanos o españoles?
Yo me imagino al creativo anteriormente descrito intentando rizar el rizo, proponiendo añadir algo de atrezo a la víctima para recalcar sus raíces. Algo como un carnet de socio de algún equipo deportivo, colocado en la cartera que los CSI neoyorquinos examinarán en el escenario del crimen y que se verá en primer plano. Es entonces cuando recuerda en la suya una tarjeta de un restaurante español, que recientemente le han recomendado por su marmitako de atún, y decide llamar para documentarse de primera mano. El resultado es digno de ver en pantalla, el encargado cachondo del restaurante debió decirle: “¿Uno de Barcelona? ¡Del Athletic Club sin duda!”
http://www.vozbcn.com/2011/01/21/53344/mossos-esquadra-llegan-csi/

jueves, 17 de noviembre de 2011

Poderoso caballero es Don Dinero

Tengo la sensación de que mi país no es un conjunto de personas unido por una Historia común y unas raíces culturales. Tengo la sensación de que el terreno al que llamamos España se ha convertido en un envase con código de barras. Ahora somos un producto y nos tratan como tal.

Mercado, mercado y más mercado. Los medios nos saturan los oídos con ese concepto y los líderes de las naciones tiemblan ante las noticias que sobre él llegan. ¿Qué somos? ¿Algodón, peras o una batidora? ¿Por qué nos venden como mercancía? ¿Quién fija cuánto valemos el conjunto de españoles de un día para otro y lo llama DEUDA?
Tengo la terrible sensación de vivir en una máquina de hacer dinero y que los países son tratados como meras prostitutas, extorsionados por un chulo invisible que mueve los hilos y cuya única preocupación es llenarse los bolsillos a costa de lo que sea. ¿Cuándo perdimos nuestra independencia económica? ¿Por qué Europa no funciona como un equipo? ¿No era eso lo que se perseguía con el proyecto Europeo?
Sumidos en el capitalismo y con los pobres profetas que alzaron tiempo atrás sus gritos de alerta cruelmente lapidados. ¿Quién tendrá la honradez y valentía necesarias para decirles a las familias, el próximo día 20, que no trabajan para mejorar su calidad de vida sino para satisfacer el hambre de los MERCADOS?

A este ritmo, los actuales anfitriones de la Cumbre Mundial del Microcrédito nos convertiremos en los próximos usuarios bajo los preceptos de Yunus y es que, como ya dijo Quevedo:

Madre, yo al oro me humillo,
Él es mi amante y mi amado,
Pues de puro enamorado
Anda continuo amarillo.
Que pues doblón o sencillo
Hace todo cuanto quiero,
Poderoso caballero
Es don Dinero


miércoles, 19 de octubre de 2011

Terneras deslocalizadas

Esta mañana fui de compras y me sentí bien por Grecia. Estuve en uno de esos centros outlet tan oportunos para bolsillos estrechos, uno bastante conocido en Madrid que parece el Parque Warner del shopping por su ubicación al aire libre y su arquitectura tematizada. Afortunadamente, éramos cuatro gatos mañaneros que no tenían nada mejor que hacer un día de diario y eso impidió que me agobiase dentro de las tiendas como de costumbre. El resultado fue la compra tranquila, pacífica y relajada de aquello que tan sólo unas horas antes no necesitaba, también como de costumbre. Al llegar a casa, y cumpliendo una vez más con lo habitual, coloqué las compras sobre la cama y evalué el resultado. Pese a haberme concedido algún capricho de más, tenía la sensación de haber hecho una buena compra. Artículos de calidad, buen precio, buen diseño y muy prácticos. Resultado general: satisfecha pero con puntos a mejorar.
Resultó que mientras doblaba una de las prendas, me llamó la atención su lugar de fabricación. Tan acostumbrada al made in China o Turquía impreso en las etiquetas de aquello que pagamos al 1000% de su coste de fabricación, me sorprendió ver un made in Greece. Y esas tres palabras escritas en tinta negra hicieron que esa compra supiera mejor. Me alegró saber que mi pequeño gasto en economía doméstica había repercutido sobre el país que inventó la Filosofía, la Literatura Clásica, las esculturas sin brazos y el turismo de ruinas. Un país señalado ahora por los gurús economistas como el alumno cateado y sin futuro, un país en apuros. Haber elegido esa prenda no salvará la economía de Grecia, pero me anima saber que todavía existen grandes marcas que rehúsan deslocalizar sus centros de producción. Procuraré estar más atenta.
Hace varios años, más concretamente desde que United Biscuits anunciara el cierre de la mítica fábrica de galletas Fontaneda de Aguilar de Campoo en Palencia, decidí leer más cuidadosamente el envase de los productos en el supermercado y premiar como consumidora, de la manera más modesta, a empresas que como el Grupo Siro han apostado por la producción y el crecimiento del tejido industrial a nivel nacional. Me preocupa saber a quién beneficia mi dinero y si mis decisiones pueden influir de alguna manera, entonces me siento responsable a la hora de elegir entre productos similares, aunque en muchas ocasiones resulta más complicado de lo que uno espera.
Una vez me propuse como reto en el Mercadona, tras observar cómo se etiquetan los productos cárnicos y pensando en nuestros ganaderos, comprar un paquete de filetes de ternera que fuera “nacida en España - criada en España”. Tardé alrededor de quince minutos en encontrarlo. Había empaquetadas vacas de cualquier región de Europa, incluso vacas de ida y vuelta: nacidas en España, criadas en Francia y devueltas aquí para el despiece. La responsable de la sección me preguntó preocupada si había algún problema con la carne. Después de comprobar lo lento y tedioso que resulta seguir la biografía de un ternero, terminé por conformarme con que el animal hubiera pasado algún tiempo por aquí.

martes, 11 de octubre de 2011

Menuda basura de Luna

           Tantos años acumulados en las arrugas de su cara y terminaremos faltándola al respeto. Cuántos caprichos a su costa, admirarla cuando nos interesa mostrarnos bohemios, pasear bajo su luz en la búsqueda de una atmósfera romántica (y de bajo coste) con el que engatusar al otro o servirse de ella como excusa para dejarse llevar y cometer terribles crímenes en serie.

La Luna siempre nos ha acompañado solitaria y paciente desde nuestros torpes andares como hombres erectos hasta nuestros más firmes y calculados pasos. Miles de años velando por el ritmo de las mareas, el crecimiento de las siembras y el navegar de los más intrépidos. Creemos que ese ojo celeste, tan brillante que a los nuestros parece blanco, posee un aspecto inalterable y una naturaleza eterna. Que la Luna, nuestra Luna, fue, es y será como la hemos conocido siempre. Porque no debería ser de otra manera, ¿o sí?
El problema de nuestra Luna es que es un ser inerte, quiero decir que no sufre y por lo tanto no protesta. Y en este mundo, cuando algo no protesta, siempre hay alguien que termina por encontrarle una utilidad que sirva a sus intereses. Y lo que es más ético y le hace sentirse aún mejor a ese individuo es disfrazar su intención de beneficio colectivo, más noble aún si se amplía el beneficio a la Humanidad entera. ¿Quién no apoyaría su causa? ¿Quién se opondría a que las futuras toneladas de basura tóxica y radiactiva se trasladen al suelo lunar? Ya se oyen ciertos ecos, pero tranquilos, ya han pensado en todos los inconvenientes y por eso nos venderán con toda seguridad que, al menos, serán depositadas sobre la cara que no vemos.
Yo tengo también mi propia causa. Creo que mi Luna, porque considero que me pertenece, vuestra Luna, porque también os pertenece, se merece ser declarada Patrimonio de la Humanidad y de esta manera garantizar que continúe siendo ese ojo atento, a veces guiño, que vela por el tan a menudo torpe y des-evolucionado ser humano.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

De mayor no quiero ser nada

“De mayor no quiero ser nada”. Ahí va eso, la opinión sincera de un adolescente de trece años. Verídica, actual y común entre las nuevas seseras emergentes. Recuerdo desde muy niña la típica pregunta de “¿Y tú qué quieres ser de mayor?”, una de tantas al estilo “A quién quieres más ¿a papá o a mamá?", pero que siempre tenía una respuesta, variable, pero la tenía.
Al principio quería ser doctora y me dibujaba vestida de blanco con una cruz roja en la cabeza, pero pronto descubrí que era incapaz de ver a mi madre limpiar el pescado así que tuve que cambiar de idea. Luego se me ocurrió ser peluquera, pero las conversaciones en temas de cotilleo no me salían con naturalidad y pasar demasiado tiempo rodeada de chicas terminaba por aburrirme. Por último, y a punto de terminar el colegio, decidí que quería trabajar sentada en un despacho y se me ocurrió que podría ser banquera. Con la llegada de la ESO y la diversificación de los bachilleratos, me surgieron nuevas dudas. Por un lado me atraían las artes, siempre se me había dado bien el dibujo y me sobraba imaginación; por el otro encontraba en las ciencias una puerta prometedora que me transmitía seguridad laboral en el futuro y quizá mejor sueldo a final de mes. Así que junté ambas cosas y opté por estudiar una carrera universitaria que reuniera ambas partes. Está claro que no acerté en mis primeras figuraciones, pero fui hilando pensamientos y desechando ideas hasta dar con lo que quería estudiar con el fin de poder ganarme el pan durante los próximos cuarenta años. A este dato hay que prestarle mucha atención, porque la vida laboral es demasiado larga como para no intentar siquiera elegir adecuadamente lo que uno desea ser con el fin de hacerla más amena.
Que alguien no tenga claro a qué se quiere dedicar, teniendo en cuenta la infinidad de perfiles profesionales que pueblan el mercado actual, me parece lógico y comprensible, pero que alguien responda con un absoluto vacío me parece realmente triste. ¿Puede alguien querer ser nada? ¿Tan alelados y vacíos de objetivos están nuestros colegiales que teniendo infinidad de profesiones a su alcance prefieren no pensar en el mañana? Me gustaría pensar que los adultos que les rodean se están olvidando de motivarles y guiarles en esa difícil elección, porque si los pocos que responden a la pregunta siguen haciéndolo con un “Famoso”, “Cantante” o “Gran Hermana”, nos encontraremos con disciplinas tan vitales como la Medicina ausentes de vocación y tendría que darle la razón a mi padre cuando dice: “Cuánto daño está haciendo la televisión”.

viernes, 15 de julio de 2011

Gente de palabra

Tengo la profunda impresión de que el paso de los años ha convertido al hombre moderno en un ser desconfiado. El cúmulo de malas experiencias, jugarretas o traiciones, sufridas por uno mismo o conocidas a través de vivencias ajenas, ha hecho mella en nuestras conciencias sembrando desconfianza. Una desconfianza cuya utilidad no es otra que desarrollar nuestra capacidad para prevenir hechos similares.
 Esta consecuencia, la prevención, sumada a necesidades de registro de datos, legitimación y organización de los mismos para la eficacia de nuestras gestiones cotidianas, ha provocado que vivamos rodeados de contratos, tiques, facturas y documentos similares. Papeleo por doquier. Y en estos momentos, las personas somos a los papeles como los papeles son a las personas, es decir, sin papeles de por medio somos seres sin identidad, sin origen, sin propiedades, sin posibilidad de legitimar transacciones o acceder a un servicio, sin credibilidad frente a una ventanilla o sin orden en una sala de espera. Las palabras han de estar por escrito y su valor reside sobre el papel, esto es algo que hemos aprendido y adoptado en nuestro modo de vida. ¿Por qué entonces confiar en la palabra en su modo más simple?
Sellar un contrato de palabra y con un fuerte apretón de manos puede resultar en este momento un método rudimentario, tosco y primitivo, endeble, insostenible. Pero hubo un periodo de nuestra existencia en que la palabra conservaba todo su valor. Un tiempo en el que la palabra sellaba acuerdos, forjaba alianzas, dictaba justicia e incluso unía la vida de dos personas. Era tal su valor que quien la daba, entregaba un trozo de sí mismo, entregaba su honor y el de los suyos, su vida y hasta su alma. Y un “te doy mi palabra”, se convertía en una firma de trazo invisible que se escribía al mismo tiempo sobre el corazón de su emisor y sobre los de sus destinatarios. El hombre era su palabra, el hombre valía su palabra. Si un hombre quería tener algún valor, entonces tenía que hacer valer su palabra. Y el valor de la palabra significaba confianza, honestidad y respeto.
Quizá peco de nostálgica y soñadora, pero sigo creyendo en el valor de las palabras. Sé que no puedo descambiar una prenda, en la que por sorpresa encuentro una tara, utilizando tan sólo la palabra, pero mis sensores internos me obligan a desconfiar del valor de una persona que falta a la suya. Me gusta la gente de palabra, me gusta confiar en las personas y poder confiar en su palabra. Ya son infinitas las que vacías y huecas revolotean cada día a nuestro alrededor, palabras devaluadas por comodidad o por picaresca, por maldad o por pereza, por envidia o por flaqueza. Si las palabras más cercanas a nosotros empiezan a carecer de valor, ¿qué valor tienen quienes nos rodean?

jueves, 19 de mayo de 2011

La Indignación como enfermedad social

Emocionadamente preocupada. Ese es mi estado. Asisto con los ojos como platos a un fenómeno, el llamado 15-M, que pone de manifiesto una nueva enfermedad social de la que, el pasado 18 de Abril en este blog, ya os describía sus síntomas. Descontento con los partidos y con sus líderes. Impopularidad de la política entre los jóvenes cimientos sociales. Mentes mediocres que palabrean sin sentido, con el único fin de  llenarse los bolsillos sin sudar demasiado la camisa. Y sobre todo indignación.
A la deriva. Mientras los líderes políticos se desgastan la sesera buscando los puntos flacos de sus rivales, para utilizarlos como puñales públicamente en el Congreso o en un plató de televisión. Mientras los partidos lavan sus trapos sucios en los juzgados y rebuscan en el cubo del vecino algo que se parezca a sus propios deshechos con el fin de equiparar culpas. Mientras elaboran los presupuestos de sus campañas y debaten con sus agencias de publicidad qué tipo de ropa conectará mejor con el ciudadano. Mientras saturan su calendario de actos públicos e inauguraciones exprés en edificios cubiertos de andamios, para no dejar pasar la oportunidad de apuntarse unos tantos antes de las elecciones.  Mientras tanto, la gente de mente inquieta, las conciencias despiertas, los consumidores de la sociedad de bienestar inconformistas, se preguntan indignados ¿por qué no se dedican a trabajar por el ciudadano?
Olvidados. La clase política vive en su atmósfera presurizada ajena al pueblo, centrada en la prensa, en los efectos mediáticos de sus apariciones públicas. Conviene saber si en último mitin se agitaron correcta y sincronizadamente las banderas, si la foto con el niño o la anciana de turno aparece en portada. Entretanto, el espíritu de los que se incorporan a la vida real, la nueva plantilla de emancipados, se desgasta. Se diluye. ¿Quiénes son estos personajes azules, rojos y verdes, y qué hacen por nosotros? ¿Y si en realidad nos sentimos naranjas, morados o negros?
Indignados. Hessel nos inspira, aunque se diga que leer no está de moda. Buscamos más allá de nuestras fronteras para encontrar consuelo ante la enfermedad de la indignación y oímos voces que conectan con nuestro pensamiento. Y para sorpresa de los seres distraídos, zombies sociales, los enfermos se comunican, se agrupan y salen a la calle para exigir con determinación una cura. Nuestro sistema sanitario está obsoleto, no funciona. La gente está cansada de acudir a la consulta para salir siempre con la misma receta, cansada de ser tratada como un número en las listas de espera, cansada de tener que elegir un médico entre una plantilla de incompetentes. Queremos un cambio en la gestión, en los métodos y en la selección del personal en cuyas manos ponemos nuestras vidas.
Porque, ante todo, creemos en la Medicina.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Jóvenes promesas

“¡Ey, chicas! ¿Os echamos una carrerita?”. Hace una tarde de abril estupenda y circulo en mi bicicleta por el Parque Europa en ropa de deporte. A dos metros, por delante de mí, una pareja de chicas con sus bicicletas de montaña también ha pensado disfrutar del sol. Van perfectamente equipadas y parece que planean sudar la tarde. Giro la cabeza hacia el origen del grito y lo que observo me desconcierta. Una pareja de jóvenes policías locales, apostados con sus motos en el borde del camino, nos observa bajo sus gafas de sol y de brazos cruzados. Miro rápidamente a las dos muchachas, no devuelven el saludo y parecen igualmente sorprendidas, descolocadas. Pasamos de largo y allí se quedan aquellos dos, con aire chulesco, comentando el momento y descansando plácidamente sobre sus scooteres.
Continúo mi paseo con el tono de la frase rebotando de un lado a otro dentro de mi cabeza. No tenía ningún contenido ofensivo pero me ha resultado molesto. Molesto por encontrarme dos personas uniformadas en su turno de trabajo, representantes del orden y  de la seguridad ciudadana, al buscar al autor del comentario. Decepcionante. No es la primera vez que la actitud de la policía local me decepciona. Hoy ha sido en Torrejón de Ardoz, hace unos meses fue en Valdemoro. Me disponía a cruzar un paso de peatones cuando un coche patrulla con dos policías locales veinteañeros, ventanillas bajadas y música disco escapándose al exterior, se detuvo bruscamente para permitirme el paso. Ambos con gafas de sol, pelo de punta engominado y el conductor con el brazo izquierdo apoyado en el marco del cristal al tiempo que conduce. Sólo le falta un porro, recuerdo que pensé. Y es que he observado, durante los dos últimos años, que en Valdemoro ser policía local no les impide a la mayoría de los recién llegados al cuerpo lucir una actitud de gallito discotequero en el desarrollo de sus funciones. Ya sea regulando el tráfico en hora punta, sin quitarse las gafas del sol aunque el día esté nublado, o patrullando en coche por el pueblo como si se tratara de dos amigos que hubieran salido con el BMW de papá un sábado noche “a pillar cacho”. ¿Quién le puede tener respeto a este tipo de elementos? Yo se lo estoy perdiendo. Reconozco que en algún encuentro más de este tipo, con miradas insinuantes añadidas, me he sentido tentada a dedicarles un gesto de “métete este dedo por el culo”, como si de un par de niñatos poligoneros se tratase, teniendo finalmente que contar hasta tres para relajarme, recordar qué representan y aceptar que visten un uniforme que me veo obligada a respetar.
Terminé el paseo con mal sabor de boca. Me vino a la memoria el concursante de un programa de televisión, tatuado de muñecas hacia arriba, basto y con acento barriobajero que alardeaba ser policía local de Coslada. No podía dejar de repetirme: falta algún test en las pruebas de acceso que se les escapa.

lunes, 18 de abril de 2011

A tres metros de la política

http://www.elconfidencialdigital.com/Articulo.aspx?IdObjeto=28456

Nunca he sentido interés alguno por la política. Sus principales figuras, cuyas cabezas resultan visibles para el común de los ciudadanos, siempre me han parecido personas aburridas. Ajenas al mundo real aunque hablen de él. No me convencen. No exhalan personalidad. No siento fuerza en sus palabras aunque sus discursos sean estudiados, nacidos de la estadística y del marketing del voto.
Soy votante de poca experiencia, es cierto, y admito que en la media docena de veces que he acudido a las urnas, tan sólo tenía claro qué partido no deseaba en el Gobierno, no quién merecía representar el poder. Lo curioso en todo esto, es que esta opinión se encuentra preocupantemente extendida entre los integrantes de mi generación. La política resulta impopular entre los jóvenes cimientos de la sociedad. No lo digo yo, lo dicen las encuestas.
Partiendo de mi tan negativa opinión, con ánimo de abrir la mente y darle una oportunidad a esta ciencia de dejarme convencer, he tratado de acercarme a ella, de forzar interés y así, durante este último año, se me ha dado la oportunidad de observar desde la barrera el funcionamiento de los partidos a nivel interno. Como si un consultor evaluara el sistema de gestión de una empresa, así he analizado el de un partido político. La parte que más me interesaba sin duda, era, por así decirlo, su departamento de Recursos Humanos. El cómo, de entre sus afiliados, se establece quién está preparado para ocupar un puesto en la política, en definitiva, ¿quién nos representa?
Uno se esperaría que para la designación de un equipo de gobierno digno de exhibir en campaña, símbolo de competencia y utilidad para el trabajo al servicio del ciudadano, se estudiasen los currículum vitae de los militantes con aspiración y la excelencia de sus cualidades y aptitudes para el desempeño de un cargo público. La realidad es bien distinta, el proceso se fundamenta en aspectos dignos de un reality show, en la elección de candidatos prima la popularidad del individuo como si de la elección de la reina de un baile de fin de curso se tratase. Popularidad frente a calidad. Amiguismos y favores frente a aptitudes. Considero que hacer política es una cosa,  tomar decisiones que le afecten a usted y a mí es otra bien distinta.
La experiencia de este tiempo atrás, lejos de sembrar algo de entusiasmo y optimismo por la materia, ha hecho empeorar dramáticamente mi percepción ante los desoladores factores de caciquismo, egoísmo personal, lucha de intereses personales y afán de protagonismo que intervienen en un proceso tan delicado y vital para la eficaz designación de futuros cargos públicos, representantes de nuestros intereses. Mi conclusión personal  es que los valores políticos capaces de sembrar admiración y respeto en el ciudadano escasean, lo que fomenta la impopularidad de la política entre la sociedad, que ve a diario cómo mentes mediocres vestidas de traje entienden que hacer política es elevarse a un estrato social superior, palabrear sin sentido y llenarse el bolsillo a final de mes sin sudar demasiado la camisa.
Elena Cepeda



domingo, 17 de abril de 2011

Victoria tiene sus secretos, nosotras los nuestros.

Una primavera más, la televisión nos sorprende en alguno de sus informativos con las modelos de una firma de moda, ángeles les llaman, luciendo la colección de bikinis de temporada. Una noticia de gran interés público, desde luego, que viene a ser parte de un ritual publicitario y de carácter anual que, apoyado por la televisión y la prensa, entre los meses de marzo a junio nos recuerda a las mujeres que estemos pensando descubrir nuestros cuerpos al sol, cómo debemos prepararnos para aparecer en escena sin dañarle la vista a los demás.
La tarea resulta aparentemente sencilla, dada la cantidad de trucos y sugerencias que se nos proponen: vestuario estival seductor, bronceado de cabina, tablas de glúteos y abdominales, dietas exprés, cremas  anti-celulíticas, anti-arrugas, anti-estrías y anti-todo. Y nosotras, agradecidas por la antelación con que nos avisan, caemos una vez más en el síndrome “operación bikini”. Mirarse al espejo es el primer reto: calculamos con horror cuántos kilos debemos perder, qué tonalidad de piel debemos alcanzar y cuánto estirarla para parecernos a esos angelitos de catálogo. El segundo es encontrar la prenda de baño: nos preguntamos con asombro por qué le falta tela al bikini que nos estamos probando y lo que es más extraño, ¿por qué nos sienta mejor la ropa íntima que la de playa?, ¿es que los patrones no deberían ser los mismos?, ¿son realmente prendas tan diferentes?… Los indicios hablan por sí solos y nos damos cuenta enseguida de que una conspiración a nivel mundial pretende minar nuestra autoestima y es que, parece ser que la mujer, debido a estar reconocida tradicionalmente como un ente abnegado, sacrificado y con gusto por el detalle, puede y debe ser agresivamente inducida por la publicidad para adornar las playas y piscinas comunitarias de la manera más exquisita para satisfacción de… ¿de quién me pregunto yo?, ¿de sí misma? Porque nosotras, ante tanta presión, terminamos por no estar nunca satisfechas, y nuestras parejas, digamos que ya saben lo que hay, sería extraño que esperasen un milagro... ¿Resulta entonces que los únicos interesados en que tomemos rayos UVA, nos  untemos cientos de potingues, vayamos al gimnasio y vistamos bikinis imposibles de sujetar bajo las olas del Cantábrico, son aquellos que hinchan sus bolsillos como resultado de tanta “operación”?
Os propongo a aquellos que os sintáis víctimas de la ansiedad causada por los medios publicitarios, que este año observéis detenidamente qué tipo de cuerpos pueblan las playas, piscinas, embalses o ríos durante el verano. Descubriréis para vuestra tranquilidad que la variedad de formas enriquece el paisaje y que, como decía mi abuela: “La genética es la genética, o se tiene o no se tiene”.