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miércoles, 10 de abril de 2013

De la pupila al pimiento

Una persona de mi pasado laboral me acusó varias veces de mentir. Por aquel entonces, su opinión me importaba tanto como el mejor acompañamiento de un buen filete de lomo: tres pimientos. Pero el problema fue su enorme e insistente convencimiento de que mentía sistemáticamente cada vez que teníamos una conversación y yo no lograba averiguar de dónde procedía ese terco parecer.
 
Mi obsesiva intriga me llevó a leer un sinfín de libros, ensayos y artículos especializados en el tema, buscando reconocerme en las pautas que describían. Una postura concreta, un leve movimiento del labio superior de la boca o un ligero parpadeo en el transcurso una conversación pueden determinar, según las teorías de la comunicación no verbal y numerosos estudios en el campo de la psicología, si un sujeto X dobla los calcetines en forma de pelota en el cajón de su cómoda o si por el contrario los apila extendidos, dos a dos. La cantidad de información que se puede extraer de la simple observación de pequeños detalles en los individuos, dicen, es cuantiosa y fiable. Hay algunos expertos en la materia que afirman saber qué esconde una persona en lo más recóndito de su mente tras mantener una pequeña conversación, aunque el tema sea completamente ajeno a lo que se trata de averiguar y existen otros que se consideran verdaderos polígrafos humanos observando el porcentaje de humedad de la piel del sujeto ante una respuesta o el ángulo de inclinación de la línea que trazan los botones de su camisa. Admirable.
Cuando parecía que el misterio quedaría sin resolver, una última conversación zanjó mis dudas. “Lo veo en tus ojos”, me dijo inflando el pecho cual orgulloso pavo de corral. Atónita pero emocionada por poner fin a mi sosiego, pedí que me revelara el indicio que convertía involuntariamente en mentira cualquier cosa que saliese de mi boca y, como si se tratara de un maestro alquimista revelando ante el consejo de sabios la fórmula que convierte en oro hasta la panceta, me espetó: “Se te dilatan las pupilas”. La decepción fue mayúscula, menudo charlatán de mercado. Aquello no era un indicio de manual, al menos no en mí. Mis pupilas son gigantes de nacimiento y objeto de curiosidad de todos los oftalmólogos por los que voy pasando, como buena miope, hasta el punto de haberme preguntado en varias ocasiones si había sufrido algún accidente grave. Desde entonces, este tipo de análisis me importan otro par de pimientos pero después de haber aprendido tanto sobre la comunicación no verbal me divierte, como no llegaréis a imaginar, jugar al ratón y al gato con entendidos como éstos.

miércoles, 3 de abril de 2013

Doscientas cartas a Ted

Se dice del amor que es ciego y que puede hacer enfermar a una persona. Es un sentimiento tan potente, y a veces devastador, que sus efectos se asemejan según los psicólogos a los producidos por ciertas drogas. Por ser como es, por conocido y cotidiano, comprendemos multitud de situaciones extravagantes donde el amor es protagonista y para la mayoría, curados de sorpresa o espanto, quizá no exista ya nada difícil de comprender. Pero en ese grupo no me encuentro yo, un individuo y su turbulenta historia rondan mi cabeza frecuentemente.
 
“Querido Ted…” Estas dos palabras son las que martillean mi cabeza y las cien siguientes, las que me intrigan. A menudo intento imaginar cómo sería el resto del texto, qué palabras de mujer enamorada sucederían este sentido y breve saludo, pero lo que resulta parece un monólogo macabro y oscuro, muy incómodamente difícil de creer. Debo de tener una imaginación torpe y limitada, porque lo cierto es que 200 composiciones como ésta llegaban a diario a la celda del señor Theodore Robert Bundy hasta que la justicia libró a la sociedad americana de su presencia.
 
Constantemente pienso qué puede llevar a una mujer, mentalmente sana, a declarar apasionadamente su amor a un violador y asesino de la talla de Bundy. Es cierto que el hombre tenía un gran poder de seducción y manipulación con las mujeres, pero desde la distancia que le marcaban las paredes de su celda, me inclino a pensar que en el fondo, estas pobres enamoradas creían tener la llave de la redención para este bastardo, del mismo modo que la décima novia de un hombre infiel asegura poder cambiarlo. Quizá el amor, como la más dañina de las drogas, también se lleva por delante unas cuantas neuronas.

lunes, 24 de septiembre de 2012

Energúmenos

Interiormente agitado es la diplomática manera que tenían los griegos de llamar a aquellas personas idas, locas de atar, perturbadas, arrebatadas o furiosas a las que yo prefiero llamar energúmenos, por no decir poseídos del demonio, que serviría correctamente como acepción pero que su uso en el desarrollo de este post se me antoja más largo de escribir.
 
De estos seres encontramos muchos a diario. Tenemos energúmenos que deciden pasearse por la autovía en sentido contrario, energúmenos que destrozan mobiliario urbano a la salida de un partido, los hay que apuñalan a sus parejas y también hay energúmenos que queman a sus hijos en la finca familiar. Reconozco que definir a estos seres como personas interiormente agitadas se me antoja tan ridículo como lo sería calificar a un terrorista de persona políticamente agitada. Los griegos se quedaron cortos y por eso me quedo del lado de Santo Tomás de Aquino que los diagnosticaba como endemoniados o poseídos del demonio y les recetaba convenientes exorcismos.
 
Energúmenos como éstos ya sabemos que abundan, pero el que me preocupa especialmente es el que le ha roto cinco de sus dientes y una muñeca, con la hebilla de un cinturón, la pasada madrugada a un joven miembro de mi familia cuando regresaba a su casa, y que de no ser por la pareja de municipales que consiguió quitárselo de encima, quizá el post no hubiera hablado de perturbados sino de asesinos. Sólo deseo que los exorcismos contemporáneos que nuestra Justicia practica para este tipo de seres sean más eficaces a la hora de barrer demonios de nuestras calles.

domingo, 2 de septiembre de 2012

Si yo tuviera un iMando

Hay momentos en los que mi cuerpo me pide reescribir mi historia. Como si de una película de ciencia ficción se tratase, desearía con todas mis fuerzas disponer de un super-mega-atómico-cuántico-teletransportador iMando a distancia que rebobinara unos cuantos frames en mi vida y que me colocara en el momento exacto en que tuve que tomar ciertas decisiones. Conozco de sobra las teorías sobre las consecuencias de ese tipo de acciones, varias veces habré visto “El efecto mariposa” o “Los cronocrímenes”, pero sin duda volvería a anticiparme a ciertos puntos de inflexión en los que le tapé la boca a la voz de mi conciencia y dejé sin sentido a mi sentido común.
 
Errar es de humanos y de los errores se aprende. Somos la experiencia que acumulamos y ésta engloba tanto los aciertos como los fallos derivados de nuestras elecciones. Arrepentirse de las decisiones tomadas es generalmente un acto muy fácil y en ocasiones cobarde, pero no es éste mi caso. Mi sentido del arrepentimiento lo genera el haber desoído a mi sentido común dejándome llevar por ciertos pálpitos que lejos de proporcionarme lucidez me llevaron a un estado de euforia, al estilo jugador de Las Vegas, que dejó casi en manos del azar el curso de los acontecimientos.
Tengo mucha fe en esto que llamamos sentido común, lo aprecio como al mejor de mis amigos y lo estimo como consejero. Bien es cierto que si decido subirme en una bicicleta, mi sentido común no evitará con total seguridad que un frenazo a la desesperada me lance de cabeza, pero de tener que ocurrir, quizá me hubiese animado a llevar un casco en ella minimizando así las consecuencias. “Ridiculousness” o “1000 maneras de morir” son programas plagados de ejemplos gráficos que demuestran perfectamente lo que ocurre cuando no se aplica este principio.
A la hora de tomar decisiones hay que hacerlo con valentía y aunque ni el mejor de los consejos nos asegura acertar con el camino elegido, respetando nuestros principios y guiándonos por nuestro sentido común sin duda tendremos menos probabilidades de arrepentirnos. Y otra cosa que conviene recordar es que la suerte, no existe.
 

miércoles, 30 de mayo de 2012

Obsolescencia programada, y quizá consentida

Estreno móvil nuevo, a mis ojos así parece. Para cualquier otro, mi móvil sería viejo contando tan sólo con tres años de vida. Es un Nokia que siempre ha funcionado bien y cuyos únicos desperfectos, varias grietas en la carcasa producto de torpes caídas, han sido solucionados fácilmente comprando una nueva. Tengo un móvil nuevo por sólo ocho euros pero esta solución, aparentemente práctica y sensata, ha sufrido y todavía sufre permanentes críticas.

Mucha gente me recomendaba conseguir otro a base de llamadas de ida y vuelta entre compañías telefónicas para negociar, renegociar e incluso amenazar al operador de turno. Este es mi tercer teléfono desde que en el año 2000 mis padres pusieron uno en mis manos. Puedo recordar que de los tres, es el primero con pantalla a color y sonidos polifónicos, y todos me han servido perfectamente durante estos doce años. Es cierto que los teléfonos que me recomiendan mis allegados son de ultimísima generación, pero los encuentro demasiado grandes, la duración de su batería insuficiente y los avisos wassup, verdaderamente molestos.  La realidad es que no necesito uno nuevo mientras el actual no me mande a paseo. Lo ocurrido con mi teléfono podría resultar un suceso aislado, otra cabezonada mía que narrar pero recientemente he tenido el placer, grandísimo placer, de ver el documental “Obsolescencia programada” y mi experiencia se ha convertido en un ejemplo más de este concepto.

Influenciados por las filosofías que impulsan el crecimiento de las economías y por las técnicas de marketing, tratamos continuamente de adquirir algo un poco más nuevo, un poco mejor y un poco antes de necesitarlo, alimentando así un sistema económico mundial que busca crecer por crecer indefinidamente. Un sistema que fabrica para que las cosas sean reemplazadas constantemente o incluso desechables, un sistema que pone fecha de caducidad intencionadamente sobre nuestros productos buscando que su obsolescencia nos obligue a adquirir otros nuevos. Bombillas que se funden antes de lo esperado, impresoras averiadas en pocos años, baterías de dispositivos electrónicos irremplazables, teléfonos móviles que fallecen en el primer golpe o que no paran de evolucionar año a año, son sólo algunos de los síntomas de la Obsolescencia Programada, una estrategia de consumo motor de un sistema que nos hace creer que adquirir productos nos proporciona felicidad, pero si esto fuera cierto ya deberíamos ser absolutamente felices.

Documental:

martes, 20 de diciembre de 2011

Con la música a destiempo

Siempre llego tarde a los conciertos y no es que me falle el reloj o tenga un problema con la puntualidad; sencillamente, cuando por fin me muero de ganas por disfrutarlos, el evento ya se ha celebrado.
Por regla general, intento alejarme de los tumultos. Las grandes concentraciones de personas me resultan siempre muy incómodas. Me producen un gran agobio porque tienden a despersonalizar al individuo, lo excitan, lo impacientan, y porque además temo las conductas irracionales contagiosas que las masas provocan en las personas. Quién no recuerda una procesión de la Semana Santa sevillana en la que los devotos fieles huían presa del pánico y se pisoteaban porque “alguien” había advertido de la presencia de un individuo armado y un supuesto tiroteo. O quién no se estremece ante el televisor al ver las caóticas entradas en tromba que en las rebajas de las grandes superficies estadounidenses terminan con decenas de heridos. Un concierto es la única aglomeración que consiento y tolero si cuento con el grado de motivación necesario. Entrar en sintonía con la masa bajo el vínculo de la devoción por un artista o grupo de música me hipnotiza en cierta manera y me inhibe de la tensión y sensación de extrañeza que me produce tal concentración de seres desconocidos. Ese gusto en común me transmite que algo nos une y que, por unas horas, nuestros sentimientos vibran en la misma frecuencia lo que me produce cierta tranquilidad. No es pues que la masa sea culpable de retrasar mis intenciones a la hora de decidir si debo acudir a un concierto, lo que ocurre es que quizá tenga un problema de asimilación con respecto a la música.
Mi motivación pasa por conocer a fondo un disco, saborearlo, masticar lentamente sus canciones y sobre todo, asociarlas a momentos vividos. Hacerlas casi propias, parte de mí misma, hasta el punto en que el inicio de un punteo sea capaz de ponerme la piel de gallina. Es entonces cuando la música y quien la interpreta me emocionan lo suficiente como para poder sucumbir a la masa, aguantar el roce inevitable de tanto desconocido y el olor del sobaco del de al lado si se tercia. Pero debo ser demasiado lenta porque para cuando eso ocurre, encuentro la mayoría de las veces que la gira ha concluido y que lo único que me queda es esperar, en el mejor de los casos, que el grupo o artista en cuestión cumplan un aniversario y lo celebren con un gran tour a base de emblemáticos éxitos. En el peor de los casos, que resucite.

martes, 13 de diciembre de 2011

Como en casa

            De los innumerables placeres con los que mi alma disfruta, hay uno que depende completamente de la habilidad de los demás para lograrlo. Sujeto a la cualidad humana y al esfuerzo personal del anfitrión por compartir la intimidad de su espacio con otros, hablo del placer de sentirse como en casa.

Cuando alguien me invita a la suya, nunca puedo evitar hacerme una pregunta: “¿Molestaré?”. Y esta duda se debe a la sensación de invasión que experimento. Cuando alguien nos abre las puertas de su casa estamos invadiendo un espacio físico de su propiedad pero también, y más importante aún, su intimidad, siendo esto último lo más delicado. La relación anfitrión-invitado implica una serie de renuncias y protocolos por parte de ambos con el fin de adaptar las necesidades de las dos partes a un breve periodo de convivencia. La experiencia se convierte en una prueba de fuego para la amistad que, o bien se ve reforzada y los lazos se estrechan, o se pone una cruz de por vida sobre lo que días antes se consideraba una “pareja encantadora”, “un chico supereducado” o “unos suegros la mar de simpáticos”.
No es fácil abrir las puertas de tu casa, compartir la intimidad de tu hogar con otros, modificar tu rutina diaria y hacer que los demás se sientan cómodos. Admiro la capacidad de mis anfitriones para hacer todo eso y que resulte natural, sin adornos, sin pompa, sin exageraciones, como si un día mío en sus vidas fuera un día suyo cualquiera. En la nevera, lo que suele haber en la nevera. El orden, el de costumbre. Las comidas, sobre la marcha. Esa naturalidad para mostrar las cosas como realmente son me hace sentir cómoda en las vidas de otros y es en los silencios donde mejor puedo comprobarlo. Cuando entre dos personas se hace el silencio y ninguna se siente incómoda, la sensación es de estar entre familia, y cuando entre amigos se llega a este punto, uno se siente como en casa.

lunes, 21 de noviembre de 2011

No sin mi miedo

Dicen que la felicidad es la ausencia de miedo. Que si eliminásemos de nuestras vidas todas las amenazas que nos acosan, lograríamos ser felices. Amenazas como el miedo a padecer una enfermedad, el miedo a un despido, a un fracaso con la pareja, a un aprieto económico o a la soledad, por ejemplo, atentan cotidianamente contra nuestras posibilidades de serlo.

Mentalmente, al analizar mis propios miedos, encuentro una lista escandalosamente larga de adversarios. Algunos son personales pero la mayoría proceden de este intrincado y moderno sistema en el que vivimos. Son miedos impuestos, reglas del siglo XXI y me niego a creer que las alertas proporcionadas por mi sentido común sean una amenaza contra mi felicidad. Sinceramente, de ser así tendría muy pocas esperanzas de lograrlo. La única vía para superar ese conjunto de miedos pasaría por sumirme en la ignorancia. Habría que recurrir al recurso infantil que envuelve nuestros primeros años de vida y nos mantiene alejados de las preocupaciones de los adultos. El desconocimiento, esa venda invisible en los ojos, adormecería mis sentidos, anularía esos miedos y entonces me traería la felicidad.
Como no puedo deshacer lo aprendido, “desaprender”, el concepto publicitario de moda, como no puedo sumirme en la ignorancia y parecer una alelada mental, intuyo que esa definición de felicidad debe estar equivocada o incompleta. Creo que el miedo es necesario porque nos hace ser cautos y anticiparnos, poner medios para evitar situaciones indeseadas. El miedo nos ha hecho ser más inteligentes porque nos ha obligado durante millones de años a permanecer en alerta y desarrollar soluciones contra las amenazas cotidianas, por tanto, no podemos prescindir de él. Pienso que la felicidad está ligada a la habilidad para poner límites a nuestros miedos, para acotar su radio de amenaza, analizar los superados con el fin de aumentar nuestra confianza ante los nuevos e incluir, al otro lado de la balanza, los logros conseguidos y las ilusiones futuras. En ese equilibrio entre miedos y confianza se haya la receta.
Mi último miedo viene teñido de azul, pero como peor no nos podían ir las cosas, tengo la confianza necesaria para pensar que habremos aprendido inteligentemente de los errores y la ilusión de que más tarde o más temprano volveremos a respirar tranquilos y veremos la vida de otro color.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Azul oscuro casi negro, con perdón

Tengo la urgente necesidad de pedir perdón por mi incomprensión ante cierto suceso del que con frecuencia soy testigo. Raynes me ha hecho comprender que estaba siendo injusta. Mi reflexión surge como consecuencia de haber recuperado recientemente uno de mis aparcados hobbies artísticos, fruto de tanto ir de un lado a otro con las maletas y mi cobardía frente a la rutina impuesta.
He vuelto a trastear con la Acuarela.

Nunca he ido a clases de pintura prefiriendo el método clásico de “aprender sobre la marcha”. Esto tiene la ventaja de resultar barato, aprendizaje a coste cero, pero por contra se adquiere una técnica poco depurada y con ciertas lagunas visibles en el resultado sobre el papel. Puestos a retomar la pintura, pero sintiéndome igual de reticente a eso de pisar un aula, me dejé asesorar por artistas con experiencia en el tema para adquirir un libro adecuado a mi necesidad de mejora. Y fue leyendo éste, que como todo buen libro de pintura incluye un apartado sobre teoría del color, cuando comprendí cuán injusta había sido con ciertas personas.
Siempre he tachado casi de ignorante o más bien de vago observador, a quien no es capaz de diferenciar un azul petróleo de un negro o a quien llama simplemente verde a un marrón verdoso, más cercano en todo caso al marrón que al verde. Tampoco comprendía las dudas de la gente a la hora de calificar un amarillo. Me encontraba con demasiadas personas llamando naranja al amarillo cercano al color albero, o incluso al amarillo mismo. Desde mi punto de vista, siempre he encontrado tantas diferencias en esos tonos que en aquellos momentos me parecía imposible que otros no las vieran.
Pero siendo de Ciencias, la ignorante soy yo.

Ya sabemos que el color resulta de la descomposición de la luz al incidir sobre un objeto, es un hecho físico. Sota, caballo y rey. Eso creía yo. Lo cierto es que el autor me recordó que el color, como “resultado del recorrido que sigue la trama codificada desde que un fotón impacta en la retina hasta su llegada a unas determinadas neuronas del cerebro”, se ve por naturaleza condicionado por factores biológicos y depende por tanto de las características propias del individuo. Es decir, que no es una realidad objetiva. El color está en el cerebro y por tanto depende de la percepción de cada uno. Mi conclusión fue que factores genéticos asociados a la cadena de percepción alteran nuestra valoración de los mismos y manan ante nosotros en función de nuestra percepción visual de la misma manera que un miope percibe su entorno de manera diferente al que no lo es.

No puedo pretender que mi carta de colores personal sea idéntica a la de los demás y todavía menos a la hora de afinar describiendo colores derivados de los secundarios, por eso pido disculpas a todos aquellos con quien he debatido este tipo de observaciones. Comprendo ahora sus puntos de vista y a partir de este momento me mostraré más tolerante con las percepciones ajenas. Aún así, todavía me crea ciertas dudas el comentario de una persona muy cercana, que observando un pijama de caballero en un escaparate me dijo: “Ese pijama morado tiene pinta de ser caliente”.
Quiero pensar que lo suyo sea un ligero caso de daltonismo porque el pijama en cuestión creedme, fiaros sí de mi percepción, era marrón, tan marrón como lo es el cacao maduro recogido y listo para ser convertido en polvo y hacer chocolate, no blanco, sino con leche o también puro.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Pastillas contra el dolor propio

Sucede de vez en cuando, como consecuencia de uno de esos mal planificados e inoportunos reveses de la vida, que nuestro estado de ánimo desciende en caída libre hasta sus niveles más bajos y dolorosos, dejando el cuerpo vacío de fuerzas como si un violento tornado lo hubiese agitado internamente. Toda su habitual energía evaporada por efecto de una gran desilusión, un terrible engaño o una imperdonable traición. Encontramos, si es que todavía se hallan sus restos entre tanta desolación, el corazón oprimido por el dolor. Un dolor tan agudo que en ocasiones se vuelve físico y se pueden notar sus punzadas en el pecho, lamentos de un corazón malherido pidiendo ayuda porque necesita de primeros auxilios para volver a ser el que era. Qué indefensos nos encontramos ante situaciones como ésta pero ¿cómo protegernos ante el sufrimiento? Hemos inventado lo inimaginable en temas de prevención, todos orientados al accidente físico pero ¿qué hay del accidente emocional?
Pastillas contra el dolor propio. Un remedio contra el sentir, un blindaje emocional que nos facilitara el salir al paso ante los contratiempos sentimentales. Nuestros corazones agradecerían una nueva rama de la Ciencia que mostrara algo de compasión hacia ellos.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

De mayor no quiero ser nada

“De mayor no quiero ser nada”. Ahí va eso, la opinión sincera de un adolescente de trece años. Verídica, actual y común entre las nuevas seseras emergentes. Recuerdo desde muy niña la típica pregunta de “¿Y tú qué quieres ser de mayor?”, una de tantas al estilo “A quién quieres más ¿a papá o a mamá?", pero que siempre tenía una respuesta, variable, pero la tenía.
Al principio quería ser doctora y me dibujaba vestida de blanco con una cruz roja en la cabeza, pero pronto descubrí que era incapaz de ver a mi madre limpiar el pescado así que tuve que cambiar de idea. Luego se me ocurrió ser peluquera, pero las conversaciones en temas de cotilleo no me salían con naturalidad y pasar demasiado tiempo rodeada de chicas terminaba por aburrirme. Por último, y a punto de terminar el colegio, decidí que quería trabajar sentada en un despacho y se me ocurrió que podría ser banquera. Con la llegada de la ESO y la diversificación de los bachilleratos, me surgieron nuevas dudas. Por un lado me atraían las artes, siempre se me había dado bien el dibujo y me sobraba imaginación; por el otro encontraba en las ciencias una puerta prometedora que me transmitía seguridad laboral en el futuro y quizá mejor sueldo a final de mes. Así que junté ambas cosas y opté por estudiar una carrera universitaria que reuniera ambas partes. Está claro que no acerté en mis primeras figuraciones, pero fui hilando pensamientos y desechando ideas hasta dar con lo que quería estudiar con el fin de poder ganarme el pan durante los próximos cuarenta años. A este dato hay que prestarle mucha atención, porque la vida laboral es demasiado larga como para no intentar siquiera elegir adecuadamente lo que uno desea ser con el fin de hacerla más amena.
Que alguien no tenga claro a qué se quiere dedicar, teniendo en cuenta la infinidad de perfiles profesionales que pueblan el mercado actual, me parece lógico y comprensible, pero que alguien responda con un absoluto vacío me parece realmente triste. ¿Puede alguien querer ser nada? ¿Tan alelados y vacíos de objetivos están nuestros colegiales que teniendo infinidad de profesiones a su alcance prefieren no pensar en el mañana? Me gustaría pensar que los adultos que les rodean se están olvidando de motivarles y guiarles en esa difícil elección, porque si los pocos que responden a la pregunta siguen haciéndolo con un “Famoso”, “Cantante” o “Gran Hermana”, nos encontraremos con disciplinas tan vitales como la Medicina ausentes de vocación y tendría que darle la razón a mi padre cuando dice: “Cuánto daño está haciendo la televisión”.

viernes, 15 de julio de 2011

Gente de palabra

Tengo la profunda impresión de que el paso de los años ha convertido al hombre moderno en un ser desconfiado. El cúmulo de malas experiencias, jugarretas o traiciones, sufridas por uno mismo o conocidas a través de vivencias ajenas, ha hecho mella en nuestras conciencias sembrando desconfianza. Una desconfianza cuya utilidad no es otra que desarrollar nuestra capacidad para prevenir hechos similares.
 Esta consecuencia, la prevención, sumada a necesidades de registro de datos, legitimación y organización de los mismos para la eficacia de nuestras gestiones cotidianas, ha provocado que vivamos rodeados de contratos, tiques, facturas y documentos similares. Papeleo por doquier. Y en estos momentos, las personas somos a los papeles como los papeles son a las personas, es decir, sin papeles de por medio somos seres sin identidad, sin origen, sin propiedades, sin posibilidad de legitimar transacciones o acceder a un servicio, sin credibilidad frente a una ventanilla o sin orden en una sala de espera. Las palabras han de estar por escrito y su valor reside sobre el papel, esto es algo que hemos aprendido y adoptado en nuestro modo de vida. ¿Por qué entonces confiar en la palabra en su modo más simple?
Sellar un contrato de palabra y con un fuerte apretón de manos puede resultar en este momento un método rudimentario, tosco y primitivo, endeble, insostenible. Pero hubo un periodo de nuestra existencia en que la palabra conservaba todo su valor. Un tiempo en el que la palabra sellaba acuerdos, forjaba alianzas, dictaba justicia e incluso unía la vida de dos personas. Era tal su valor que quien la daba, entregaba un trozo de sí mismo, entregaba su honor y el de los suyos, su vida y hasta su alma. Y un “te doy mi palabra”, se convertía en una firma de trazo invisible que se escribía al mismo tiempo sobre el corazón de su emisor y sobre los de sus destinatarios. El hombre era su palabra, el hombre valía su palabra. Si un hombre quería tener algún valor, entonces tenía que hacer valer su palabra. Y el valor de la palabra significaba confianza, honestidad y respeto.
Quizá peco de nostálgica y soñadora, pero sigo creyendo en el valor de las palabras. Sé que no puedo descambiar una prenda, en la que por sorpresa encuentro una tara, utilizando tan sólo la palabra, pero mis sensores internos me obligan a desconfiar del valor de una persona que falta a la suya. Me gusta la gente de palabra, me gusta confiar en las personas y poder confiar en su palabra. Ya son infinitas las que vacías y huecas revolotean cada día a nuestro alrededor, palabras devaluadas por comodidad o por picaresca, por maldad o por pereza, por envidia o por flaqueza. Si las palabras más cercanas a nosotros empiezan a carecer de valor, ¿qué valor tienen quienes nos rodean?

sábado, 7 de mayo de 2011

Chismorreo

Acción de hacer comentarios indiscretos y no verificados. Sinónimo de cotilleo, murmuración, habladuría. El chismorreo forma parte de nuestras relaciones sociales y aunque goce de nobles detractores debido a las connotaciones peyorativas que popularmente arrastra, ser tachado de cotilla es sinónimo de ofensa, en realidad bien podría definirse como hábito inherente al ser humano.
Resulta que los estudiosos de la conducta humana han evaluado la frecuencia con que nuestras conversaciones se convierten en chismorreo y según sus conclusiones, podríamos calificarlo, a la par que el fútbol, como el deporte estrella de nuestros momentos de ocio. Robin Dunbar, antropólogo y biólogo evolucionista, afirma que el 65% de nuestras conversaciones se dedican al cotilleo, y pese al tópico, sin distinción entre sexos. No os sorprendáis, los estudios demuestran que el mismo porcentaje lo destinan tanto hombres como mujeres aunque con fines distintos. Mientras que ellos lo utilizan con fines prácticos, para la consecución de intereses particulares, ellas lo utilizan como instrumento socializador. El chismorreo le sirve a la mujer para cimentar, desarrollar y consolidar relaciones sociales.
Pese a nuestras creencias, los expertos afirman que el chismorreo tiene su razón natural de ser y grandes virtudes. Le sucede lo que al queso de Cabrales, ¿algo que huele tan mal puede ser bueno? Fijémonos en el interés que despierta la prensa rosa que utiliza el mundo divinity como fuente de cotilleo. Los personajes famosos son considerados parte de la élite social y se convierten en un recurso muy habitual sobre el que opinar. Tomamos como referencia a aquellos que pertenecen a un status social superior y queremos saber qué hacen, cómo viven, porqué sufren o de qué se alegran. Ese interés por saber de los que están por encima de nosotros en la pirámide se debe a que somos seres jerárquicos. Es un acto que responde a nuestra condición humana y curiosamente, de entre todo lo que pueda sucederles, nos interesa especialmente lo negativo porque nos permite aprender de ello con el fin de tratar de evitarlo en nuestras vidas. Dunbar también define el chismorreo como un sistema excelente para condenar al que se sale de las conductas sociales. Y como actividad que se desarrolla entre varios individuos que expresan su opinión, nos permite socializar, nos une y nos cohesiona como grupo.
También la Universidad de Michigan, Estados Unidos, saca conclusiones al respecto, y en un reciente estudio asegura que chismorrear ayuda a sentirse cerca de un amigo, lo que aumenta los niveles de progesterona, una hormona sexual que fluctúa con el ciclo menstrual y que contribuye a la formación de caracteres sexuales secundarios femeninos, ayudando así a la reducción de la ansiedad y el estrés. Científicamente, han comprobado que esta actividad de carácter íntimo entre mujeres tiene una función positiva en su comportamiento. Chismorrear, criticar y mantener una actitud crítica entre amigas estaba mal visto, sin embargo, el estudio deja claro que no sólo reduce el estrés y la ansiedad, sino que las convierte en mejores personas.
De tan profundos estudios, conviene extraer que el chismorreo es una actividad óptima para la mejora de las relaciones sociales y de carácter saludable. Quién lo hubiera pensado. En consecuencia, sería aconsejable implantarlo como hábito en nuestro estilo de vida, como el deporte y los yogures con fibra. Quizá no nos guste al principio pero los expertos lo recomiendan. En mi caso, he empezado por cotillear una media hora al día, tres veces por semana y espero, para principios de verano, haber conseguido dedicarle un par de horas todos los días. Deciros que ya me voy sintiendo mejor persona y que hago nuevas amistades cada vez que voy a la peluquería. Y como último apunte, saber que el secreto está en la constancia.
¡Ánimo y a darle a la lengua!