miércoles, 9 de noviembre de 2011

Azul oscuro casi negro, con perdón

Tengo la urgente necesidad de pedir perdón por mi incomprensión ante cierto suceso del que con frecuencia soy testigo. Raynes me ha hecho comprender que estaba siendo injusta. Mi reflexión surge como consecuencia de haber recuperado recientemente uno de mis aparcados hobbies artísticos, fruto de tanto ir de un lado a otro con las maletas y mi cobardía frente a la rutina impuesta.
He vuelto a trastear con la Acuarela.

Nunca he ido a clases de pintura prefiriendo el método clásico de “aprender sobre la marcha”. Esto tiene la ventaja de resultar barato, aprendizaje a coste cero, pero por contra se adquiere una técnica poco depurada y con ciertas lagunas visibles en el resultado sobre el papel. Puestos a retomar la pintura, pero sintiéndome igual de reticente a eso de pisar un aula, me dejé asesorar por artistas con experiencia en el tema para adquirir un libro adecuado a mi necesidad de mejora. Y fue leyendo éste, que como todo buen libro de pintura incluye un apartado sobre teoría del color, cuando comprendí cuán injusta había sido con ciertas personas.
Siempre he tachado casi de ignorante o más bien de vago observador, a quien no es capaz de diferenciar un azul petróleo de un negro o a quien llama simplemente verde a un marrón verdoso, más cercano en todo caso al marrón que al verde. Tampoco comprendía las dudas de la gente a la hora de calificar un amarillo. Me encontraba con demasiadas personas llamando naranja al amarillo cercano al color albero, o incluso al amarillo mismo. Desde mi punto de vista, siempre he encontrado tantas diferencias en esos tonos que en aquellos momentos me parecía imposible que otros no las vieran.
Pero siendo de Ciencias, la ignorante soy yo.

Ya sabemos que el color resulta de la descomposición de la luz al incidir sobre un objeto, es un hecho físico. Sota, caballo y rey. Eso creía yo. Lo cierto es que el autor me recordó que el color, como “resultado del recorrido que sigue la trama codificada desde que un fotón impacta en la retina hasta su llegada a unas determinadas neuronas del cerebro”, se ve por naturaleza condicionado por factores biológicos y depende por tanto de las características propias del individuo. Es decir, que no es una realidad objetiva. El color está en el cerebro y por tanto depende de la percepción de cada uno. Mi conclusión fue que factores genéticos asociados a la cadena de percepción alteran nuestra valoración de los mismos y manan ante nosotros en función de nuestra percepción visual de la misma manera que un miope percibe su entorno de manera diferente al que no lo es.

No puedo pretender que mi carta de colores personal sea idéntica a la de los demás y todavía menos a la hora de afinar describiendo colores derivados de los secundarios, por eso pido disculpas a todos aquellos con quien he debatido este tipo de observaciones. Comprendo ahora sus puntos de vista y a partir de este momento me mostraré más tolerante con las percepciones ajenas. Aún así, todavía me crea ciertas dudas el comentario de una persona muy cercana, que observando un pijama de caballero en un escaparate me dijo: “Ese pijama morado tiene pinta de ser caliente”.
Quiero pensar que lo suyo sea un ligero caso de daltonismo porque el pijama en cuestión creedme, fiaros sí de mi percepción, era marrón, tan marrón como lo es el cacao maduro recogido y listo para ser convertido en polvo y hacer chocolate, no blanco, sino con leche o también puro.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Velas para una tarde mojada

Continuaba anocheciendo mientras dejaban pasar los últimos minutos previos a la cena descansando en el sofá. La una sumida en las profundas teorizaciones sobre la felicidad en los seres vivos no humanos que predicaba Punset, la otra embebida en tormentosas relaciones familiares y rosados líos de alcoba. En la calle, una hora de incesante lluvia provocaba sinuosas riadas sobre el asfalto y el sonido de la tormenta delataba con sus rugidos, cada vez más cercanos, que el cielo seguiría en sus trece por unas horas más. Una sonrisa cómplice cruzó su cara, la naturaleza también estaba en su derecho si quería mostrarse enfadada.
Recolocó el cojín de su espalda agradeciendo no necesitar pisar la calle en esos momentos. No envidiaba a quienes en aquellos instantes corrían en busca de sus coches o esperaban comprimidos en alguna parada de autobús. La tormenta resultaba reconfortante siempre que uno se encontrase refugiado entre cómodas paredes, lo contrario solía convertirse en un conjunto de pantalones empapados adheridos a las piernas, pies fríos mojados y rizos difusos, incomprensiblemente alborotados, pegados al rostro. Aliviada por ese pensamiento, se sumió de nuevo en la capacidad adaptativa de los plasmodios ajena a las consecuencias de aquella pataleta climática. Pero en algún punto cercano de la ciudad, el agua hacía de las suyas y combinada con los elementos de la red eléctrica, ya fuera por inundación o cortocircuito, decidió dejar el barrio a oscuras. El papel se tiñó de negro y ambas exclamaron su decepción. Un medio minuto de completo silencio precedió al sonido de voces procedentes de los pisos anexos, la mayoría delataban indignación, otras eran risas infantiles emocionadas. Aquella tarde habría tormenta para todos.
Sorteando los muebles de la habitación, unas veces palpando y otras tropezando dolorosamente con ellos, logró llegar a la cocina y encontrar un mechero. Comenzaba la difícil tarea de encontrar una vela que, de haberla, seguramente estaría escondida entre los adornos navideños o bien sería algún regalo con forma de adorno moderno que reposaría sobre alguna estantería o similar y que habría que sacrificar. Su madre recordó entonces dos viejos candelabros en desuso que no lamentarían la amputación de sus dedos de cera y aunque consiguieron devolver cierta claridad al salón de la casa, tuvieron que conformarse con esperar pacientemente la respuesta de los servicios técnicos pues retomar la lectura exigía demasiado esfuerzo para sus ojos.
Los minutos pasaban demasiado lentos y el aburrimiento la invadía. Quince más y todo seguía igual. Veinte después decidió observar la calle. También a oscuras. Resultaba imposible distinguir nada sin la luz de las farolas pero al menos algunos puntos de luz rojos y verdes ayudaban a los conductores a circular por la calzada. Tan sólo eran las nueve y todo se había sumido en un silencio extraño, propio de una película de temática apocalíptica. Veía destellos tras los cristales y se imaginaba a las familias reunidas en torno a una vela de igual manera que lo estaban ellas, economizando una luz provisional al desconocer cuándo volvería la que aparecía cotidianamente bajo las yemas de los dedos y sin saber muy bien en qué emplear el tiempo de espera.
Se sintió vendida, maniatada y a su mente acudieron recuerdos de conversaciones con sus abuelos. Relatos que describían los quehaceres de una época marcada por el salir y ponerse del sol. Despertares acuciados por el canto insistente de un gallo. El fuego de los hogares como elemento para cocinar y calentar a las familias. El agua de los pozos y de las fuentes en un mundo sin tuberías ni depósitos. La escena se le antojó tan precaria y decadente que bien podría estar más cercana al modo de vida medieval que al del moderno siglo XXI, y una realidad incómoda llenó su mente en ese instante. El capricho de una simple tormenta podía devolvernos en cualquier momento a ese estado. Cuan efímero era el bienestar al que se había acostumbrado este numerado primer mundo.
Una hora y media después volvieron a encenderse las lámparas y las voces que antes habían oído, reían ahora unánimes. Imaginó soplidos sobre velas que volverían una vez más al olvido en el fondo de algún cajón. Recursos que, imprescindibles minutos antes, volvían a ser inservibles. Las calles iluminadas recuperaban los pasos de la gente y los coches accedían al fin a sus garajes. El agua teñida de marrón brotaba en los grifos a borbotones y en las cocinas se comenzaba a preparar la cena.
Apagó su vela con desgana. Para ella había cumplido una función más importante que la de paliar una espera. Decidió que al día siguiente le encontraría un soporte más apropiado. Mientras tanto, la dejaría junto a sus compañeras en un lugar más inmediato. Ninguna tecnología le aseguraba no volver a necesitarla.

miércoles, 26 de octubre de 2011

"Jamming"

Pensaba que el teatro era un lugar granate aterciopelado, de adornos dorados y con olor a polvo donde cobraban vida las lecturas recomendadas por expertos pedagogos para las clases de Literatura. Esa idea cambió hace unos diez años, si mal no recuerdo, cuando en el periódico local llamó mi atención un anuncio con los precios de los nuevos abonos de temporada del teatro de mi ciudad. Decidí entonces que merecía la pena gastarse algo de dinero para, durante un año, relacionarme regularmente con las artes escénicas, las clásicas y las nuevas. Y mereció la pena. El abono incluía teatro clásico, un musical, un monólogo (que siete años después sigue llenando en el Fígaro Adolfo Marsillach), danza contemporánea y ballet. Ese año cambió mi estrecha percepción y desde entonces, siempre que puedo, rebusco en la programación y analizo la crítica a la caza de nuevas butacas en las que disfrutar.
La última en llamar mi atención tenía un nueve de nota del público. Cuatro actores, una sala modesta y escenografía minimalista. Ningún nombre conocido, pero ahí estaban superando a “La cena de los idiotas”, “Más de cien mentiras” o “El avaro de Molière”. ¿Cuáles serían sus armas? Improvisación, era la única palabra que escrita en negrita describía su espectáculo y añadía al público como el elemento principal para su desarrollo. ¿Podría ser cierto que ese grupo de actores, sin más guión que el establecido por su público y su capacidad de improvisación para generar los diálogos hubieran conquistado semejante nota? Eso había que verlo.
He admirado siempre al actor de teatro. Una persona que sale a escena ante una sala repleta de público, con los nervios a raya, con un empollado tomo de enciclopedia por guión y sin apenas margen para el error. Lo que yo tenía esa noche frente a mí era lo mismo pero sumando como dificultad la ausencia del tomo aprendido, los cuatro salían a escena sin diálogos estudiados. Quizá guardarían ciertas pautas interpretativas como fondo de armario, pero nada más. Éramos nosotros, los espectadores, quienes blandíamos en nuestras manos cartulinas con frases del tipo “Si pesara 500kg y vistiese una talla 38, me la sudaría”, escritas al azar. Y eran ellos, quienes utilizaban nuestras brillantes citas para titular o crear diálogos en los diferentes sketches de improvisación bajo un estilo: terror, flash back, musical, etc, siempre diferente sugerido una vez más por su público. Fueron dos maravillosas horas en las que no pude dejar de reír y de admirar una vez más el trabajo de actor. Asistí boquiabierta a la gran habilidad para crear teatro casi de la nada de estos grandes maestros de la improvisación. Superaron ampliamente mis expectativas y me regalaron una de esas noches inolvidables cuyo recuerdo te arranca una sonrisa.
            
          Siempre hay joyas escondidas tras la cartelera, y obras para los gustos y bolsillos más exigentes. Os animo a todos a dejaros seducir por el teatro. ¡Las salas os esperan!

miércoles, 19 de octubre de 2011

Terneras deslocalizadas

Esta mañana fui de compras y me sentí bien por Grecia. Estuve en uno de esos centros outlet tan oportunos para bolsillos estrechos, uno bastante conocido en Madrid que parece el Parque Warner del shopping por su ubicación al aire libre y su arquitectura tematizada. Afortunadamente, éramos cuatro gatos mañaneros que no tenían nada mejor que hacer un día de diario y eso impidió que me agobiase dentro de las tiendas como de costumbre. El resultado fue la compra tranquila, pacífica y relajada de aquello que tan sólo unas horas antes no necesitaba, también como de costumbre. Al llegar a casa, y cumpliendo una vez más con lo habitual, coloqué las compras sobre la cama y evalué el resultado. Pese a haberme concedido algún capricho de más, tenía la sensación de haber hecho una buena compra. Artículos de calidad, buen precio, buen diseño y muy prácticos. Resultado general: satisfecha pero con puntos a mejorar.
Resultó que mientras doblaba una de las prendas, me llamó la atención su lugar de fabricación. Tan acostumbrada al made in China o Turquía impreso en las etiquetas de aquello que pagamos al 1000% de su coste de fabricación, me sorprendió ver un made in Greece. Y esas tres palabras escritas en tinta negra hicieron que esa compra supiera mejor. Me alegró saber que mi pequeño gasto en economía doméstica había repercutido sobre el país que inventó la Filosofía, la Literatura Clásica, las esculturas sin brazos y el turismo de ruinas. Un país señalado ahora por los gurús economistas como el alumno cateado y sin futuro, un país en apuros. Haber elegido esa prenda no salvará la economía de Grecia, pero me anima saber que todavía existen grandes marcas que rehúsan deslocalizar sus centros de producción. Procuraré estar más atenta.
Hace varios años, más concretamente desde que United Biscuits anunciara el cierre de la mítica fábrica de galletas Fontaneda de Aguilar de Campoo en Palencia, decidí leer más cuidadosamente el envase de los productos en el supermercado y premiar como consumidora, de la manera más modesta, a empresas que como el Grupo Siro han apostado por la producción y el crecimiento del tejido industrial a nivel nacional. Me preocupa saber a quién beneficia mi dinero y si mis decisiones pueden influir de alguna manera, entonces me siento responsable a la hora de elegir entre productos similares, aunque en muchas ocasiones resulta más complicado de lo que uno espera.
Una vez me propuse como reto en el Mercadona, tras observar cómo se etiquetan los productos cárnicos y pensando en nuestros ganaderos, comprar un paquete de filetes de ternera que fuera “nacida en España - criada en España”. Tardé alrededor de quince minutos en encontrarlo. Había empaquetadas vacas de cualquier región de Europa, incluso vacas de ida y vuelta: nacidas en España, criadas en Francia y devueltas aquí para el despiece. La responsable de la sección me preguntó preocupada si había algún problema con la carne. Después de comprobar lo lento y tedioso que resulta seguir la biografía de un ternero, terminé por conformarme con que el animal hubiera pasado algún tiempo por aquí.

martes, 11 de octubre de 2011

Menuda basura de Luna

           Tantos años acumulados en las arrugas de su cara y terminaremos faltándola al respeto. Cuántos caprichos a su costa, admirarla cuando nos interesa mostrarnos bohemios, pasear bajo su luz en la búsqueda de una atmósfera romántica (y de bajo coste) con el que engatusar al otro o servirse de ella como excusa para dejarse llevar y cometer terribles crímenes en serie.

La Luna siempre nos ha acompañado solitaria y paciente desde nuestros torpes andares como hombres erectos hasta nuestros más firmes y calculados pasos. Miles de años velando por el ritmo de las mareas, el crecimiento de las siembras y el navegar de los más intrépidos. Creemos que ese ojo celeste, tan brillante que a los nuestros parece blanco, posee un aspecto inalterable y una naturaleza eterna. Que la Luna, nuestra Luna, fue, es y será como la hemos conocido siempre. Porque no debería ser de otra manera, ¿o sí?
El problema de nuestra Luna es que es un ser inerte, quiero decir que no sufre y por lo tanto no protesta. Y en este mundo, cuando algo no protesta, siempre hay alguien que termina por encontrarle una utilidad que sirva a sus intereses. Y lo que es más ético y le hace sentirse aún mejor a ese individuo es disfrazar su intención de beneficio colectivo, más noble aún si se amplía el beneficio a la Humanidad entera. ¿Quién no apoyaría su causa? ¿Quién se opondría a que las futuras toneladas de basura tóxica y radiactiva se trasladen al suelo lunar? Ya se oyen ciertos ecos, pero tranquilos, ya han pensado en todos los inconvenientes y por eso nos venderán con toda seguridad que, al menos, serán depositadas sobre la cara que no vemos.
Yo tengo también mi propia causa. Creo que mi Luna, porque considero que me pertenece, vuestra Luna, porque también os pertenece, se merece ser declarada Patrimonio de la Humanidad y de esta manera garantizar que continúe siendo ese ojo atento, a veces guiño, que vela por el tan a menudo torpe y des-evolucionado ser humano.