Tengo la urgente necesidad de pedir perdón por mi incomprensión ante cierto suceso del que con frecuencia soy testigo. Raynes me ha hecho comprender que estaba siendo injusta. Mi reflexión surge como consecuencia de haber recuperado recientemente uno de mis aparcados hobbies artísticos, fruto de tanto ir de un lado a otro con las maletas y mi cobardía frente a la rutina impuesta.
He vuelto a trastear con la Acuarela.
Nunca he ido a clases de pintura prefiriendo el método clásico de “aprender sobre la marcha”. Esto tiene la ventaja de resultar barato, aprendizaje a coste cero, pero por contra se adquiere una técnica poco depurada y con ciertas lagunas visibles en el resultado sobre el papel. Puestos a retomar la pintura, pero sintiéndome igual de reticente a eso de pisar un aula, me dejé asesorar por artistas con experiencia en el tema para adquirir un libro adecuado a mi necesidad de mejora. Y fue leyendo éste, que como todo buen libro de pintura incluye un apartado sobre teoría del color, cuando comprendí cuán injusta había sido con ciertas personas.
Siempre he tachado casi de ignorante o más bien de vago observador, a quien no es capaz de diferenciar un azul petróleo de un negro o a quien llama simplemente verde a un marrón verdoso, más cercano en todo caso al marrón que al verde. Tampoco comprendía las dudas de la gente a la hora de calificar un amarillo. Me encontraba con demasiadas personas llamando naranja al amarillo cercano al color albero, o incluso al amarillo mismo. Desde mi punto de vista, siempre he encontrado tantas diferencias en esos tonos que en aquellos momentos me parecía imposible que otros no las vieran.
Pero siendo de Ciencias, la ignorante soy yo.
Ya sabemos que el color resulta de la descomposición de la luz al incidir sobre un objeto, es un hecho físico. Sota, caballo y rey. Eso creía yo. Lo cierto es que el autor me recordó que el color, como “resultado del recorrido que sigue la trama codificada desde que un fotón impacta en la retina hasta su llegada a unas determinadas neuronas del cerebro”, se ve por naturaleza condicionado por factores biológicos y depende por tanto de las características propias del individuo. Es decir, que no es una realidad objetiva. El color está en el cerebro y por tanto depende de la percepción de cada uno. Mi conclusión fue que factores genéticos asociados a la cadena de percepción alteran nuestra valoración de los mismos y manan ante nosotros en función de nuestra percepción visual de la misma manera que un miope percibe su entorno de manera diferente al que no lo es.
No puedo pretender que mi carta de colores personal sea idéntica a la de los demás y todavía menos a la hora de afinar describiendo colores derivados de los secundarios, por eso pido disculpas a todos aquellos con quien he debatido este tipo de observaciones. Comprendo ahora sus puntos de vista y a partir de este momento me mostraré más tolerante con las percepciones ajenas. Aún así, todavía me crea ciertas dudas el comentario de una persona muy cercana, que observando un pijama de caballero en un escaparate me dijo: “Ese pijama morado tiene pinta de ser caliente”.
Quiero pensar que lo suyo sea un ligero caso de daltonismo porque el pijama en cuestión creedme, fiaros sí de mi percepción, era marrón, tan marrón como lo es el cacao maduro recogido y listo para ser convertido en polvo y hacer chocolate, no blanco, sino con leche o también puro.